La historia frente el espejo

Ana Blanco
Ana Blanco

Hay una día, todos tenemos uno, en el que nos miramos al espejo y descubrimos algo que antes no estaba: una pequeña línea de expresión, un grupo de canas que van ganando la batalla y una cara que sigue siendo la propia, pero que ya cuenta muchas historias.

Y el primer impulso, casi siempre, es resistirse a esa evidencia, querer combatirla, como si el tiempo fuera una afrenta personal que hay que ignorar.

Vivimos en una cultura que trata el envejecer como un problema a resolver, un proceso que se combate con cremas, filtros y eufemismos, y que se celebra entre bromas nerviosas sobre lo que el cuerpo ya no aguanta y lo que la mente ya no alcanza.

Nadie nos enseña a recibir el paso de los años con dignidad, a entender que cada etapa tiene su propio tipo de belleza y su propia forma de saber las cosas, que a los veinte se posee energía sin criterio, y que más adelante, si uno ha vivido con intensidad, llega algo que vale más: la certeza de no tener que probar nada a nadie.

Aceptar el paso del tiempo no es resignarse ni quedarse quieto, sino aprender a habitarlo, a soltar la nostalgia como ancla y usarla en cambio como brújula, a reconocer que el cuerpo que hoy carga más años también ha reído más, ha sobrevivido más, ha querido más.

La felicidad de aceptar la edad que se tiene no viene de ignorar lo que el espejo muestra, sino de entender que esa imagen es sólo una parte de la historia, y que la parte más importante, la que uno elige escribir cada día, sigue completamente abierta.

Quizá con más arrugas, con muchas canas, con gestos y pensamientos diferentes, pero con lo más importante: tú decides cómo vivirlo.

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Ana Blanco