La competitividad no se logra sin desarrollo humano y éste necesita gobernanza
El desarrollo humano incrementa la competitividad. En un ambiente en que la gente tiene más educación (una educación más amplia, que fomenta criterios no sólo habilidades), mejor salud, seguridad ciudadana, seguridad jurídica, respeto por los compromisos, por las normas, más disciplina, mejores actitudes de convivencia, respeto por el otro y por si mismo fluyen la creatividad, el aprendizaje y la vocación de emprender.
La visión R2 sobre la competitividad es que responde más al estado de ánimo de la sociedad y al sentido pertenencia de la gente que a cualesquiera otras fórmulas y criterios.
Fomentar la competitividad requiere mejorar la calidad de los procesos institucionales y de la vida pública. Un clima social que afecte el sentido de compromiso y de responsabilidad no contribuye a la competitividad. Por lo tanto, el compromiso de los agentes productivos y de los sectores económicos con la competitividad pasa necesariamente por un pacto de responsabilidad para una vida pública y un clima institucional que fomenten los valores de convivencia y el sentido de pertenencia.
Desde la política se requiere fomentar estos valores: fomentar la gobernanza, que es la percepción y actitud en la sociedad de que los asuntos públicos están siendo gestionados de la mejor manera posible, que hay garantías, previsibilidad, confianza. No basta con la gobernabilidad o estabilidad, legalidad y legitimidad de las acciones de gobierno.
La gobernanza o buen gobierno requiere que se haga lo mejor posible. Esto crea la sensación de que vale la pena confiar, de que podemos esperar lo mejor. Si esta percepción es débil o inexistente se afecta el sentido de futuro que como sociedad necesitamos. Y el compromiso y la apuesta por mejorar colectivamente es difícil de producir. La competitividad necesita el desarrollo humano y éste es imposible sin gobernanza.
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