La ballesta, invaluable pieza de colección Osorio
En el museo de las Casas Reales se encuentra la famosa colección Osorio, la que perteneció a un millonario mexicano, el que se la vendió al dictador Trujillo. Entre las invaluables piezas de la colección, se encuentran un grupo de ballestas, lo que aumenta el precio y el prestigio de tan maravillosa aportación al tesoro cultural dominicano.
Estos aparatos fueron inventos naturales de la isla de Mallorca y llegaron con seguridad a tierra americana en las carabelas de los descubridores.

La cureña del arma por lo general, estaba tallada con complicados dibujos animales o vegetales, cuando no estaba recubierta de marfil o hueso, trabajado en complicados dibujos florales o geométricos, al estilo árabe.
La verga o arco del arma estaba confeccionada con lámina de acero templado. Las ballestas más finas usaban acero toledano, templado en las aguas del Tajo.
Los extremos del arco se unían por medio de cuerdas retorcidas que casi siempre eran de tripa, pues era el material más fuerte y resistente. El arco en tensión se sujetaba a una llave que se soltaba bruscamente en el acto del disparo.
Contra el enemigo
La cureña de la ballesta se colocaba sobre el hombro. Las saetas disparadas hacían mella en el enemigo, pues la potencia que adquiría el proyectil, además de penetrar las armaduras, llegaba hasta las torres de los castillos y las almenas de las murallas, hiriendo a los defensores apertrechados, con más certeza y facilidad que las flechas de los arqueros o las balas de los arcabuces.
La ballesta resultó un arma tan formidable que cuando se generalizó su uso en Europa, después del siglo X, la iglesia prohibió su uso contra los cristianos por considerarla solo apropiada para para matar infieles o para la caza de animales. Como arma de caza deportiva, la ballesta ha sobrevivido hasta nuestros tiempos.

A pesar de la prohibición eclesiástica, los ejércitos medievales poseían un cuerpo de ballesteros, aun tratándose de batallas entre reinos vecinos. En la fortaleza de Santo Domingo, los soldados de la guarnición poseían un sector delimitado, en donde practicaban el tiro de la ballesta y otro para la práctica del tiro con arcabuz.
Esta arma potente y silenciosa debió de causar pánico entre los aborígenes, helando su conturbado corazón, aterrado ya por el estremecedor ruido de los arcabuces o palos de tueno, como los llamaban. El cuerpo de ballesteros del virrey don Diego Colón se paseó por los caminos de ronda a orillas del Ozama, vigilante, la mortífera ballesta al hombro y la saeta lista para ser disparada.
El arma prohibida para matar cristianos resultó muy apropiada para matar infieles y así, enseñoreada en la isla La Española, se embarcó para Cuba y de allí saltó a tierra firme con Hernán Cortez, resultando sumamente efectiva contra las hordas aztecas, ayudando así al puñado de hombres blancos.
España que, a duras penas, acababa de salir de su perpetua guerra contra el moro, envió al Nuevo Continente aquellos hombres para los que hacer la guerra era la manera más honorable de vivir y también la más fácil. Acostumbrados a pelear contra un enemigo hábil, sofisticado y ducho en las artes de la guerra, al trasladarse a la nueva tierra, continuó su acostumbrada lucha contra el infiel. Pero los enemigos de turno eran más fáciles de conquistar, infinitamente más que los moros.
La ballesta que los infieles moros manejaban con maestría, habiéndola adoptado como suya desde la conquista de Mallorca, en los albores de la Edad Media, era un arma desconocida para los naturales de las Indias. Así este aparato bélico de elegante silueta, favorita de príncipes moros y cristianos, se sumó al caballo, la armadura y el arcabuz, para sellar la suerte del nativo americano.
