Grecia, el FMI y el Eurogrupo

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Cuando Grecia fue admitida en la Unión Europea, por consecuencia lógica, adoptó como moneda nacional al euro, unidad de cambio común a todos los países de la Unión. Con la adopción de una moneda robusta y estable, los griegos se revistieron de una ilusión de fortaleza económica.

La sensación de solidez se vino abajo en unas circunstancias propias de las tragedias griegas, al venirse abajo el personaje mítico de la fortaleza cuando los mercados financieros se percataron de que Grecia no podía sostener el déficit fiscal en que venía incurriendo durante los últimos años. Los mercados castigaron al país encareciendo sus deudas, llevándolo al borde de la quiebra financiera.

La receta clásica del FMI de devaluar la moneda no era viable por cuanto se trata del euro, que a su vez hubiese afectado economías como la alemana, bastión de la recuperación económica europea. Frente a la realidad de inflexibilidad cambiaria, solo quedaba provocar la deflación, política contraria al evangelio fondomonetarista de los últimos años, que se basaba en políticas anticíclicas de gastos para estimular el regreso al crecimiento económico.

El Eurogrupo, compuesto por las 16 naciones de la Eurozona (que no debe confundirse con los 27 del Consejo Europeo), pactó con el FMI un programa de rescate basado en aportes de 30 mil millones de euros.

La mitad de esos recursos serán aportados entre Alemania y Francia, distrayendo de estas naciones fondos preciosos en estos tiempos de recesión y alto desempleo. De ahí la resistencia alemana.

La reciente recomendación del Fondo Monetario al país de que flexible su política cambiaria podría señalar, según ya vamos viendo en la tragedia Griega, un retorno a las políticas ortodoxas de antaño, en las cuales se apoyaban las recetas fondomonetaristas. Ojo.

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