Domingo, 16 de junio, 2019 | 4:46 am

Feminicidio: la danza de la muerte (1 de 2)



He tomado la decisión de referirme a los feminicidios, con el deseo de que estos puedan comprenderse mejor y quizás, disminuir.

Aunque debemos advertir que esta forma de violencia, siendo tan predecible de que va a ocurrir, se debe a los desequilibrios del azar, pero también a lo básico del instinto humano: la sexualidad. Considerando su extrañeza, el factor de la libertad con que tiene lugar, la moral del ofensor, no se sabe dónde ni cómo va a aparecer.

He combinado en el título el vocablo feminicidio, que en realidad es un uxoridicidio, y la frase “danza de la muerte”, que es el título de una novela de Augusto Strindberg (Suecia, 1849-1912), que trata de la relación entre el hombre y la mujer, y que en vida sufrió por sus desdichados matrimonios.

Según los críticos literarios, su obra tanto de novela como de teatro fueron un muestrario o sátira feroz de las instituciones y la situación de su país en aquella época, de tragedias domésticas, de la crueldad inherente del matrimonio, infortunios sexuales maritales.

Sin embargo, “la danza de la muerte”, cuenta la historia de un matrimonio ahogado en el odio.

Los elementos de los feminicidios son la belleza (el cuerpo como un manjar exquisito que todo hombre desea), el amor y el odio, pero sobre todo el miedo que surge de ello, y que ya dentro de la relación marital se convierte en violencia pasional.

La muerte de la pareja es la única forma de librarse de esos imaginarios humanos que envuelven al hombre y a la mujer.

Eduardo Galeano y Vargas Llosa expresaron que en los recovecos de las emociones amorosas, el hombre tanto ama a la mujer que por amor y por miedo la mata. No obstante, es el amor y no la muerte la que completa nuestro ser. O quizá, esa es la naturaleza humana: matar sin ningún motivo.
El hombre envidia a la mujer, por eso surgen los celos. Envidia la relación que se da entre madre-hijo, pero sobre todo al uso que la mujer desee darle a su cuerpo. Es por eso, que estas almas perdidas experimentan el odio, la excitación de que no hay solución que no sea la de la muerte.

Creo que fue D. H. Lawrence, el que mejor ha recreado la relación amorosa, su dualidad y las fuerzas destructivas y los efectos sobre el amor entre hombres y mujeres en medias docenas de novelas. Lo que es físico, no humano, suele interesar más que lo que es humano, dentro de un plan moral.

Sus últimas novelas, “Mujeres enamoradas”, abordan la sexualidad como el aspecto más interesante, conmovedor, inconsciente e incontrolable del ser humano.

Y en “El amante de Lady Chatterley”, retrata el “vacío vital” del matrimonio aristócrata y nos enseña cómo un simple guardabosque de la mansión familiar, logra orillar a una mujer a las energías sexuales más primarias e instintivas y relacionadas con la vida.

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