Entre el norte y sur

Lo que viene ocurriendo en América, desde el norte hasta el sur, parece el preludio de los cambios sociales que deberán suscitarse irremediablemente.

Estamos entonces ante la nueva “primavera americana” donde la población a través de las movilizaciones y protestas en las calles ha decidido enrumbarse por otros senderos.

Pero también hay serias preocupaciones ante los desafíos que afrontan las sociedades que demandan la sustitución del viejo modelo económico neoliberal, el cual evidentemente no ha solucionado la terrible expansión de la pobreza.

En México, por ejemplo, la cuestión medular es el desafío de sus principales instituciones, que siguen siendo amenazadas por la desafiante y poderosa estructura del narcotráfico.

Algunos consideran que ya el Estado mexicano ha sido doblegado por los carteles de las drogas a tal punto que en muchas comunidades estos mantienen el control absoluto de sus negocios ilícitos.

Los actos violentos en las principales ciudades de México continúan a ritmo acelerado y entre enero a julio de este año hubo 20,135 homicidios, dice un informe del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Ello representa un promedio de 95.8 casos diarios en todo el país.

En Haití, Chile, Bolivia, Venezuela, Ecuador, Nicaragua, Brasil, y ahora Colombia, las manifestaciones populares arden intensamente.

El papa Francisco ha externado preocupación por los actos de violencia en la región y ha demandado que el diálogo sea la vía para solucionar las diferencias.

Los colombianos salieron a las calles exigiendo al gobierno del presidente Iván Duque modificar las políticas de cargas tributarias que afectan a los sectores pobres. Por igual, piden aumentos salariales y mayores coberturas en los sistemas de seguridad social.

El descontento de los chilenos, que llevan un mes de movilizaciones con saldo de varios muertos y heridos, obligó al presidente Sebastián Piñera a introducir cambios en su gabinete y propiciar nuevas medidas económicas para aliviar el peso de la crisis.

El continente americano vivió largos años de relativa calma en la que los golpes de Estado eran el principal dolor de cabeza de la democracia representativa, pero actualmente vivimos una cadena de estallidos sociales acelerados por la grave crisis económica prevaleciente.

No se trata de los incendios forestales que han arrasado millones de hectáreas boscosas en el estado de California en Estados Unidos, ni tampoco la tragedia ambiental que destruyó extensas áreas de la Amazonía brasileña y boliviana.

Es un “incendio social” que amenaza seriamente las instituciones y las vidas de millones de ciudadanos.

Si la democracia representativa pudo vencer al socialismo en esta parte del mundo, ¿por qué no ha auspiciado una transformación de la calidad de vida de sus comunitarios?

¿Dónde radica el fracaso de las democracias occidentales permeadas por la corrupción y las injustas políticas sociales aplicadas hasta este momento?

La gente luce cansada y decidida a ir hasta las últimas consecuencias con tal de ser escuchada en sus reclamos de mejores condiciones de vida.

En cambio, los discursos y las políticas neoliberales que siguen aplicando los gobiernos buscan siempre justificar el aumento de la pobreza de una forma que solo contribuye a irritar aun más a la ciudadanía.

Lejos de buscar soluciones a las necesidades impostergables demandadas por los ciudadanos, los funcionarios públicos latinoamericanos se dedican en su mayoría a enriquecerse desde el poder con el amparo y protección de un sistema judicial ineficiente y controlado políticamente.

*Por Manuel Díaz Aponte

-- publicidad --