Entonces nos tocará
Cuando las ensangrentadas calles de Puerto Príncipe dejen de ser recorridas por las veloces ambulancias y sus aullidos comiencen a disiparse en la distancia; cuando comiencen a ceder el hedor y el polvo; cuando la tierra que pisan descanse otra vez hasta nuevo aviso y se apaguen las luces de los flashes sobre las caras heridas y consternadas.
Cuando se pueda recobrar la calma, respirar a ritmo normal y poder pegar los ojos y los labios; cuando se acaben las cumbres y las promesas comiencen a diluirse en el bla bla bla de la diplomacia internacional; cuando las celebridades dejen de ensuciarse sus zapaticos blancos en el lodo cobrizo que se hace cuando se juntan sangre y tierra; cuando los muertos dejen de ser noticias y motivo de reportajes;
Cuando todo esto acabe sin acabar; entonces nos tocará a nosotros darnos cuenta, vadear el río, navegar en la tempestad del futuro que no da para muchas sonrisas, pero que hay que arrancarlas con fuerza como se arranca el cordón umbilical.
Sólo el cuchillo, conoce el corazón de la auyama. Sólo los de cerca conocen las intimidades y se quedan a cuidarnos después que se vayan las visitas con sus jolgorios e hipocresías.
Porque los problemas del vecino no comenzaron el martes 12; no surgieron de la tierra agrietada, ni llegaron con el espanto. El terremoto de Haití había comenzado hace mucho. Se iniciaba desde su independencia sangrienta y justiciera, pionera entre las latinoamericanas, una afrenta que Francia nunca perdonaría. Jamás perdonarían a los negros que vencieron y aniquilaron el ejército de Leclerc, cuñado de Napoleón.
Después continuó con las divisiones y luchas intestinas, con los Golpes de Estado y la violencia. Los terremotos fueron dictadores, presidentes entreguistas, una clase política e intelectual racista con los pies en el Caribe y la cabeza en Francia. La invasión americana, que dejó después a los Duvalier, le puso la tapa al pomo.
La democracia que quisieron traer los Yankees invasores nunca llegó, comenzó tarde y terminó en llamas. El último golpe de Estado ocurrió hace apenas cinco años.
La República Dominicana, como vecino más cercano, cometió por mucho tiempo el imperdonable error de dar la espalda, de no preocuparse, de no interesarse por el devenir de su más cercano, de su hermano siamés. De aquel lado, como si fuera poco, también hicieron lo mismo. El terremoto que se estaba gestando por allá, comenzaba mover la tierra y a destruirnos también a nosotros. El fracaso de nuestros hermanos haitianos, sería también el nuestro.
Entonces nos tocó de cerca el temblor; se remenearon las conciencias y, sin preguntar a nadie, el pueblo dio la talla. Una aguja punzante y siniestra clávose en el nervio más sensible y lo sacudió todo. Se dio cuenta de una vez por todas que no podrá seguir de espaldas.
Pero, si los Estados Unidos y Francia tienen un plan con Haití ¿cuál es entonces la estrategia dominicana para enfrentarse a la nueva situación de nuestro vecino, que necesariamente nos impactará?
La reconstrucción de Haití será larga, procesual y escabrosa. Dependerá de cuanta y que tan efectiva sea la ayuda internacional, por un lado, y del papel que juegue la clase política de la isla, por otro. La República Dominicana deberá jugar entonces un papel estelar y así tiene que planteárselo.
Este duro golpe puede también ser la nueva oportunidad que necesitamos para cambiar. Haitianos(as) y dominicanos(as) tenemos el gran reto de construir un nuevo relacionamiento basado en la cooperación mutua, la convivencia, el respeto y la promoción de los valores que nos unen. Aprovechar las ventajas que podamos construir y potenciar la fuerza que da la unión (sin la disparatada fusión que hace temblar a tantos incautos, con razón o sin ella)
Los que conocemos a Haití de verdad, sabemos que hay más cosas que nos unen que las que nos separan. Trabajar en esos detalles de una forma transparente y soberana, puede alejarnos de los odios, los temores, los prejuicios y la mentira. También alejarnos del pavor de una fusión a todas luces improcedente.
Esta es una oportunidad para recomenzar. Del lado haitiano la tarea es más dura por ser ellos los más golpeados. Deben trabajar en una refundación, trabajando con fuerza y tenacidad aspectos tan fundamentales como el educativo, el área de salud, la reconstrucción del aparato productivo especialmente el agrícola, la regeneración medioambiental, el tema institucional en general y la reconstrucción y dotación de infraestructura básica. Ellos también tienen que volcarse hacia nosotros. Crear mecanismos verdaderos y utilizar los actuales mecanismos para promover una relación responsable, confiable y seria con la República Dominicana. Si la dirigencia haitiana no toma cartas en el asunto, no habrá cooperación que valga.
La elite haitiana tiene que reinventarse, dejar de huir hacia Canadá, EEUU ,Francia o RD; tratar de recuperar su país y defender a su población sin incentivar la migración como la única escapatoria a su pobreza.
Los dominicanos(as) tenemos que reinventarnos también. Entender que el futuro de Haití es también el futuro nuestro. Ejecutar una política migratoria efectiva clara y justa. Respetar los derechos humanos de los migrantes en nuestro territorio y evitar su sobreexplotación. Conocer y valorar su cultura, ayudarles en el plano educativo, hacer de nuestros huéspedes, seres humanos que promuevan el desarrollo de ambas naciones. Cultivar relaciones amistosas y evitar los prejuicios y malquerencias.
Deberá nuestro país tener una política de solidaridad y una política de control. Deberá ejercer un papel de buen vecino y pujar por el desarrollo del país hermano. Porque sea como sea, a nosotros, pase lo que pase, nos tocará más de cerca.
Para ambos pueblos, entender de una vez por todas que esto, como un matrimonio sin divorcio, es un asunto de dos. Porque cuando todos se vayan, entonces nos tocará a nosotros entendernos aquí, en la isla que heredamos y que deberemos cuidar para dejársela a otros(as).