Elogio de la ignorancia
Ya Sócrates zanjó en los inicios de la filosofía occidental esta cuestión: lo único que sé es que no sé.
Ignorante todos somos, nadie lo dude, pero pocos lo descubren y muchos menos lo reconocen.
Prevalece la ignorancia armada de atrevimiento que se hincha egocéntricamente afirmando su falso saber, pero más peligrosos son los fanáticos, los fundamentalistas, que afirmando ser poseedores de la verdad le niegan la palabra a los otros y a menudo se deslizan hacia el asesinato, el genocidio, matando a sus prójimos por ser heterodoxos según su criterio.
Reconocernos ignorantes siempre es una apuesta al diálogo, al trato fraterno con quienes piensan diferente. Mejor que Machado nadie pudo decirlo ¿Tu verdad? No, la Verdad, // y ven conmigo a buscarla. // La tuya, guárdatela. Por que no hay verdad si no es esfuerzo común, amoroso, abierto.
Es verdadera, valga la redundancia, la verdad que se busca con los demás, escuchando más que opinando, entendiendo más que imponiendo.
Lo que suponemos saber, de las generaciones anteriores lo heredamos, lo poco que aportemos queda en los posibles conocedores del futuro que lo valoren y lo evalúen, descubriendo, esto es cierto, más errores que aciertos.
Ya que los yerros pueblan mayoritariamente nuestras ideas, siendo nuestras certezas las mejores candidatas a nuestros graves dislates. Aceptar que no sabemos y siempre estar dispuestos a dejar partir las tonterías que antes defendíamos es de sensatos.
Escuchemos, dialoguemos, es la mejor filosofía.