Hace unos días leía en una red social el caso de un millonario (no sé si es verdad) que impuso una regla a sus hijos sobre las quejas. A partir de los siete años no les permitió quejarse por nada y los llevaba siempre a buscar una solución a esa situación o a ver las cosas de otra manera.
Como les digo, esta historia puede ser inventada, pero sí me impactó el hecho en sí de que el objetivo fuera evitar quejarse. Y si uno se pone a pensar, es algo que todos deberíamos aplicar en nuestra vida y, desde luego, enseñar a los más pequeños.
Vivir en una queja constante es ver siempre el problema y enroscarse en eso.
Cada vez que algo ocurre, lo primero que sale es el lado negativo, que puede ser de uno mismo o culpa de los demás. No importa.
Más si tuviéramos el cerebro educado para evitar esa queja, estoy convencida de que el problema, aunque siguiera existiendo, no sería el centro. Sino que imperara la forma de dejarlo atrás y trabajar para que no vuelva a ocurrir.
No es fácil lograrlo. Definitivamente, las quejas son más fáciles para no tomar el esfuerzo de, por un lado, reconocer las cosas y, por otro, actuar para solucionarlas.
Y como siempre, no me gusta generalizar, porque creo que cada momento y cada situación es diferente. Pero, si por unos días hiciéramos el ejercicio de contabilizar cuántas veces nos quejamos, estoy segura de que todos nos sorprenderíamos.
Ahora, propongo un ejercicio mejor: cada vez que una queja vaya a salir, atajarla y tratar de ver el otro lado.
Creo que a la larga se podría lograr, si no eliminar esas quejas totalmente, sí, por lo menos, alcanzar un equilibrio que nos haga ver la vida a través de la solución y no del problema.