Eficiencia en la burocracia
Vivimos un período gubernamental de racionalidad, donde el primer mandatario viene imponiendo cambios, con estilo pragmático, apegado a las realidades y necesidades del país, trazando objetivos alcanzables con el esfuerzo mancomunado, acorde con la percepción generalizada de las prioridades de nuestro país.
La Ministra de Educación Superior reclama por una mayor atención a la juventud, deplorando el estado actual de su educación doméstica; el fenómeno de las imitaciones dañinas que persigue y un marcado sello de violencia que se propaga sin control.
Por igual, critica la formación universitaria de los docentes, factor vital en la preparación de nuestros jóvenes.
La mujer, aún marginada en su rol de proveedora económica, quien a pesar de constituir la población mayoritaria de nuestras universidades se le ha acentuado la violencia, la marginalidad y la falta de apoyo, desconociendo muchas veces su rol de jefe de familia.
Ambas situaciones, la de la juventud y la de la mujer, indican que existe un enorme espacio de actuación en favor de estos dos grupos vitales del conjunto social.
Para ello se crearon en el pasado dos instancias gubernamentales especiales, cuyos resultados distan mucho de lo planificado, y deberían ser objeto de un estudio especial que determine su eficacia y pertinencia.
Y esta iniciativa de eficiencia no debe limitarse solo a estas instancias. Abundan otros espacios de actuación, comenzando por las cuantiosas divisiones políticas del país, la mayoría creadas bajo la motivación de generar más espacios para los adeptos políticos de una causa o la otra. Simplificar es eficiencia.
Así podríamos seguir con la asistencia social que dispensan innumerables entidades públicas, el transporte público, el fraccionamiento del aparato energético público, y muchas otras áreas de la administración pública.
Es tiempo de imponer racionalidad en la burocracia pública para contribuir en lograr mayor eficiencia.