Desde mi escritorio

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Practica lo que predicas
Para los filósofos de la Antigüedad la coherencia pesaba más que la originalidad. En pocas palabras, ellos hacían lo que decían.
Ellos no se andaban por las ramas y era común oírles expresiones c omo ésta: “No me digas qué es la sabiduría, no me hables de cómo vivir bien: ¡muéstramelo!”.
De qué nos sirve hablarles a los demás, hasta que se nos rompan las cuerdas vocales, sobre nuestros deberes ciudadanos, de no tirar la basura en las calles, de respetar al otro, del amor al prójimo y al Padre Celestial y todo lo que como seres humanos nos engrandece… si a la menor provocación sacamos el demonio que llevamos dentro, y sin ningún autocontrol nos olvidamos de todas esas palabras que arrojamos al aire porque se oyen bonitas y mejoran lo que los demás piensan de uno y nos convertimos en miembros activos de la hipocresía y la asociación de la doble cara que vemos, con pesar, que se fortalece cada día más.
El filósofo romano Séneca afirmaba que “para tener una vida feliz no hay que desviarse de la propia esencia, pues el cometido de la sabiduría es que las obras concuerden con las palabras”.
Ser coherentes es una cualidad que podemos desarrollar y cultivar si queremos. Ciertamente, la tarea es difícil. Sin embargo, no debemos pretender caminar siempre al m ismo paso, sino por la misma ruta. Leí en el libro “El camino de los sabios”, de Walter Riso, que “más rápido o más despacio, con buen humor o refunfuñando, lo que verdaderamente importa es ser files a las metas que nos hemos propuesto mientras no pierdan su valor”.

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El Día

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