Desde mi escritorio
Dios no tiene la culpa
¿Por qué tenemos la mala costumbre de culpar siempre a Dios de todo lo malo que nos pasa o les pasa a los demás? Luego de la lamentable tragedia de Haití, que ha consternado al mundo de muchas maneras por la pérdida de vidas, por la destrucción de un país que dé por sí estaba destruido por la miseria y la desolación, y el sufrimiento de un pueblo que ha cargado pesado el gran estigma social de la pobreza extrema. He oído a más de uno decir expresiones muy duras para con nuestro padre celestial y hasta para con nuestros vecinos por sus costumbres religiosas. Nada más lejos de la realidad, pues nuestro padre es un Dios de amor y de alegría, que nunca, pero nunca, ha querido que nos suceda nada malo, ni muchos menos nos envía cosas malas para castigarnos por nuestras acciones. El Señor nos dio el regalo más grande: el libre albedrío… somos nosotros los que construimos nuestro destino y somos nosotros quienes cosechamos los frutos de nuestra granja. En el caso de Haití, me inclino a pensar que es una obra de la naturaleza sin permiso para ningún cuestionamiento, un hecho lamentable que nos restrega en la cara los problemas del pueblo más pobre de América que ha necesitado siempre la ayuda de sus demás compañeros del continente que, por desgracia, se hicieron los ciegos ante tanta necesidad.
Pido que, más allá de la solidaridad que esta tragedia ha despertado, todos los países del mundo tiendan su mano amiga de manera permanente y ayudemos a los haitianos a superar este trance sin apartar la mirada del Señor. Mis plegarias y la de todos deben estar con ellos. Pido consuelo para sus corazones.