Cuando el lunes se complica desde temprano

Transporte escaso, tapones y un Metro fuera de servicio marcaron el inicio del día.

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Estación Peña Gómez tras restablecer el servicio.

Bendito lunes

Hay mañanas que arrancan normales… y otras que desde temprano avisan que no serán fáciles. Este lunes fue una de esas.

La gente salió como siempre: con prisa, medio dormida, pensando en llegar a tiempo al trabajo. En las paradas, las mismas caras de cada día, el mismo apuro. Pero algo no estaba funcionando como de costumbre: el transporte comenzó a escasear más de lo normal.

Los conchos iban llenos, las guaguas no aparecían o no daban abasto, y los mototaxis se convirtieron en la salida más rápida para muchos. Otros intentaron resolver con Uber, pero el golpe fue inmediato: lo que normalmente cuesta 80 pesos, ese día aparecía al triple. Aun así, más de uno aceptó. No había mucho que pensar cuando el reloj no perdona.

Mientras tanto, un extenso tapón hacía lo suyo: un nudo de carros que parecía no avanzar, agravado por los camiones de basura que hacían su recorrido en plena hora pico. Quien logró montarse en un motor o en un Uber Moto, con la destreza de los conductores, tuvo algo de suerte. El resto: paciencia… o resignación.

Muchos pensaron que el Metro sería el alivio. Llegar a la estación significaba, al menos, gastar menos y moverse más rápido. Pero la sorpresa fue otra: el Metro estaba fuera de servicio.

Eran cerca de las 7:20 de la mañana y la gente comenzaba a acumularse. Miradas de confusión, preguntas al aire, celulares en mano buscando respuestas. “¡Hay una falla!”, gritó alguien.

El ambiente se sentía pesado. Una madre, con su bebé en brazos y el apuro de dejarlo en la guardería antes de ir al trabajo, apenas contenía las lágrimas. “Paciencia, que Cristo viene”, le dijo la señora a su lado.

Y de repente, casi como un respiro, las puertas se abrieron. El servicio volvió.

La reacción fue inmediata. La gente avanzó como pudo, sin mucho orden, con esa mezcla de alivio y desesperación. Como una forma de compensar, el servicio sería gratuito durante las primeras horas. Un pequeño alivio en medio del caos.

Pero aún faltaba.

En el andén, la realidad golpeaba de nuevo: tren tras tren llegaba completamente lleno desde Mamá Tingó. No cabía nadie más. La espera se alargaba y la paciencia se agotaba. Ya eran las 8:00 de la mañana y el cansancio se sentía en el aire.

Pasaron varios trenes hasta que, por fin, uno dio un pequeño chance. La gente se montó como pudo. Adentro, el calor, el roce, el silencio incómodo de quienes solo querían llegar. Como sardinas, pero avanzando.

Nunca falta el gracioso: “Acomódense como anoche”.

Minutos después, cada quien fue bajándose en su parada. La madre siguió su ruta hacia la guardería, con el tiempo justo. Los demás, a sus trabajos, con la sensación de haber vivido ya medio día antes de las 9:00 de la mañana.

Así son las mañanas en Santo Domingo: intensas, desordenadas, pero siempre en movimiento.