Cosas que sabemos que no sabemos de la guerra de Irán
La que fue concebida como una operación militar de horas, avanza a golpe de misiles, drones ultimátums y diálogos truncos, por más de cuarenta días.
Los costos y riesgos de la prolongación del conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos no hacen más que aumentar su duración sin plazos tangibles.
En medio del confuso horizonte bélico asoman algunos de los peores temores recientes de una nación que se había prometido pasar la página de conflictos prolongados como los de Irak y Afganistán.
En los primeros compases, la Casa Blanca deslizó un primer plazo de entre cuatro o seis semanas para zanjar el conflicto, luego uno de diez días, pero la propia realidad sobre el terreno ha desdibujado estas promesas.
A pesar de que Estados Unidos ha proclamado a los cuatro vientos haber logrado los objetivos fijados al dar de baja al antiguo líder supremo, Alí Jameneí, entre otros, el fantasma de una batalla prolongada no deja de asomar, no obstante los esfuerzos de Pakistán y otras naciones por poner alto al fuego.
Los objetivos estratégicos de Norteamérica son tan difusos como cambiantes. Las partes negocian, pero no dejan de bombardearse.
Esto, a pesar de que además ha dado por destruidas las principales capacidades militares de Irán. Sin embargo, más de 30 días después éste sigue lanzando misiles y drones, sin que se perciba el agotamiento de las reservas.
Pero un final abrupto supondría una humillación para occidente, teniendo en cuenta que Irán ha aprovechado la escalada bélica para reforzar su control de zonas estratégicas como el estrecho de Ormuz, en base a una guerra asimétrica.
Impedirlo no ha sido una operación sencilla ni siquiera para un Estados Unidos e Israel con capacidades militares infinitas y las mejores tropas de élite.
La estrategia de Teherán de aguantar, imponer costes y dirigir el centro de gravedad del conflicto a l Estrecho de Ormuz ha implicado atribuirse una fortaleza inimaginable.
Tómese en cuenta también, el nerviosismo provocado en los mercados energéticos globales.
La guerra, con su ramificación regional, está por verse cómo evoluciona.
Irán no sólo ha respondido con ataques contra Israel sino que también ha bombardeado otros países de Oriente Medio, en teoría objetivos estadounidenses. Y para Israel el alto al fuego es una simple retórica.
En medio de los ultimatums, sobre el terreno los bombardeos no cesan, lo que hace que la comunidad internacional no se muestre especialmente optimista sobre lo que pueda ocurrir en las próximas horas.
Mientras la confrontación se prolonga, la gran sacrificada, con sorprendente paciencia, es la ciudadanía estadounidense, que en medio de las tensiones ve como se elevan a desproporción los precios de los carburantes, servicios y en consecuencia, el costo de los productos e insumos.
¿Pero hasta que punto esa paciencia estadounidense es infinita? La bandera del nacionalismo puede ayudar a que durante un periodo se decida apoyar una guerra, pero eso no dura para siempre.
El patriotismo también tiene fecha de caducidad. Sino pregúntemosle a Bush y otros antiguos inquilinos que han pasado por la Casa Blanca en tiempos de guerra.