Casos extraordinarios
La semana pasada pasé por el trance de darme cuenta que otra persona entendía que yo tenía algo que debía ser suyo.
Sin más ni más, se llevaron algunos de los accesorios de mi vehículo y me convertí en un número más en las estadísticas de robo del país y, creánme, la lista es inmensa.
Como el seguro del vehículo me exigía un acta policial para cumplir con su parte de la póliza, tuve que dirigirme al destacamento más cercano de mi casa. Temprano en la mañana llegué a la instalación policial contrariada por la situación. Aunque muy amables los oficiales, quienes tomaron mi declaración con lujo de detalles, me causó mucha, pero mucha sorpresa (al terminar el acta que escribía en una mascota) que me informaran que había un pequeño problema. Ahora viene la mejor parte. El oficial me comunicó que para imprimir el acta debíamos ir a un centro de internet, pues en este pequeño lugar, (igual que muchos otros) que representa a una de las instituciones más importantes de la seguridad nacional, no había una máquina de escribir ni mucho menos una computadora.
Anonadada y necesitada de este documento, no me quedó otra cosa que ir al centro de internet, pagar la impresión del acta y seguir asombrada con el hecho que en tiempos como estos, donde el uso de tecnología de punta es el pan nuestro de cada día y hasta las máquinas de escribir son súper modernas, esta institución que lucha contra el crimen organizado y desorganizado se encuentre en la Edad de Piedra. Por eso no es una sorpresa que los delincuentes le sigan ganando la batalla a las autoridades y acabando con nosotros, los ciudadanos que trabajamos para que otros nos roben o maten. Mi pregunta es: ¿y ahora, quién podrá defendernos? Será el Chapulín Colorado.