Arrancó mal el defensor del pueblo

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Algunos de los conceptos que sobre el defensor del pueblo emitiré en estas líneas ya los he vertido a través de mi cuenta de twitter @EJBRACHE. Me permito reiterarlos para mis lectores de República Dominicana y del mundo.

En el año 1997 tuve el privilegio de asistir durante dos semanas a un seminario que se celebró en Costa Rica el cual se denominó “Liderazgo político y sistemas electorales”; en dicho seminario recibimos, entre otras, una charla con el ombudsman de Costa Rica quien, al final, tuvo la gentileza de obsequiarme un libro autografiado con todas las legislaciones relativas a ombudsman del planeta.

Cuando retorné a la República Dominicana, el doctor Milton Ray Guevara, actual presidente del tribunal constitucional, me solicitó redactar un borrador de anteproyecto de ley a los fines de crear la figura, en territorio dominicano y así lo hice. Recuerdo que lo llamé “protector de los ciudadanos”. Al propio doctor Ray Guevara le entregué el libro y el anteproyecto para que puliera mi trabajo, y hasta el sol de hoy…

La figura del defensor del pueblo o como se le conoce en muchas latitudes del mundo, ombudsman, tiene su origen en Suecia y más que nada es una institución representada en un individuo o individuos llamados a frenar los excesos del Estado para con sus gobernados.

Se entiende que la figura del defensor del pueblo debe ser, esencialmente, un sujeto persuasivo, el cual, con sus observaciones y recomendaciones, señala los límites de acción del gobierno llevándolo a no traspasar las fronteras de la violación a los derechos humanos.

Un ejemplo práctico de la labor del defensor del pueblo sería la que precisamente ejerció el ombudsman de Costa Rica cuando logró que la Corte Suprema Costarricense declarara que era ilegal suspender el suministro de agua a un ciudadano si éste no la pagaba. El razonamiento expuesto planteaba que el daño ocasionado al individuo exponiéndolo a enfermarse, debido a que no poseía agua, era peor que la deuda misma, la cual además, podría ser mayor para el Estado que luego tendría que gastar mucho más en atenciones médicas derivadas de las enfermedades que podría ocasionarle la falta de suministro de agua.

A pesar de que en nuestro país parece un recurso innovador, es harto conocido en otras latitudes; tanto así que ya instituciones del propio estado y del ámbito privado tales como universidades y empresas utilizan el término ombudsman para designar a funcionarios que velan por los derechos de sus usuarios, estudiantes y clientes.

La labor del ombudsman es una labor sublime, una labor ciega en defensa del individuo más allá de su preferencia política, color o creencia religiosa. Requiere de una “pasta” especial.

Existían, entre los candidatos, algunos nombres a los cuales se les reconoce haber evidenciado una vida de apego y ayuda al prójimo sin banderías o inclinación política. Sin embargo, ese antro de corrupción llamado Congreso Nacional prefirió elegir a personas a quien en modo alguno me interesa denostar, pero que poseen filiaciones políticas definidas y, para ser más sinceros, no poseen ya las energías ni la edad para sentar las bases de una institución que, como el defensor del pueblo, requieren de mentes más actualizadas y acordes con la dinámica del mundo.

Nunca tuve muchas esperanzas con el resultado de este proyecto que inicié de mi puño y letra, pues aquí se habla de modernidad pero se actúa paleolíticamente. De hecho, la intentona de “colar” gente que no había sido previamente depurada como posibles titulares de designaciones era un preludio de que, al final, se designaría a alguien que ostentara el título de defensor del pueblo pero que defendiera primero a los que le designaron.

El resultado ha sido años de esfuerzo echados por la borda. Una bella institución que surge nati muerta; miles de horas hombre, recursos y sobre todo, tiempo perdido, ése que no se recupera jamás.

Otra prueba de que todo es una farsa. Le corresponde el beneficio de la duda, pero arrancó mal el defensor del pueblo.

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El Día

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