A la brigandina
Me disponía a redactar esta columna cuando recibí la infausta noticia de que había ocurrido un accidente en el show aéreo que se celebraba en el malecón de la ciudad capital. Al estar dos jóvenes pilotos dominicanos involucrados, se me hizo imposible concentrarme sin pensar en el incidente.
En una conversación que sostuve en diciembre con un destacado economista, le hacía énfasis de que los dominicanos nos hemos acostumbrando a vivir en la mentira, que damos como buenas y válidas las circunstancias en que nos desenvolvemos cuando por un simple examen se evidencian las carencias, y me explico:
Creo haber mencionado alguna vez en una de mis columnas, que apenas siendo yo un mozalbete asistí a una carrera de automóviles que se celebraba en la base aérea de San Isidro. En un momento determinado de la carrera, un bólido perdió el control y embistió la multitud matando varias personas. En mi mente recuerdo el titular de un periódico de la época en el que después de mencionar el hecho decía: el vehículo embistió la barrera que no fue suficiente para detenerlo y atropelló a las personas. Burda mentira; aún recuerdo el sonido de los cuerpos embestidos por el auto, pues fue a metros de donde me encontraba. Sin embargo, como para guardar las apariencias, se mencionaba una barrera que nunca se colocó; la verdad es que nadie pensó en la seguridad de los asistentes.
Hace algunos años, de manera antojadiza, un director de la defensa civil decidió que un fenómeno meteorológico no impactaría en territorio dominicano y, en consecuencia, no se tomaron las previsiones de lugar para este tipo de situaciones. Lamentablemente, el disturbio atmosférico sí impactó nuestra isla y de una forma tal que hubo que desaguar una presa cuyo torrente provocó graves daños y pérdidas humanas.
Recientemente, el encantador pueblito de los pescadores de las terrenas, fue devastado por un incendio que no se pudo controlar porque, entre otras cosas, este pujante polo turístico no poseía un simple camión de bomberos.
Agreguen ustedes más ejemplos pues no son cientos sino miles las situaciones en las que hemos visto nuestras debilidades. Están en nuestras narices, pero acostumbrados a vivir en la mentira ya ni en ellas pensamos.
No me importa si el avión accidentado era parte de una compra sobrevaluada que se hizo en uno de los gobiernos del corrupto más grande la historia dominicana, ni me interesa tampoco que siendo un avión militar estuviera en un show privado, a lo único que aspiro es que alguna vez en la vida cuando se organice algo en la República Dominicana se piense qué hacer si las cosas no salen como lo planeado. Quizás si alguien lo hubiera hecho, dos jóvenes pilotos tuvieran una gran historia que contar.
Ya está bueno de vivir a la brigandina.