Yo sé poeta
Mientras intentaba aparcarme, asediado por el paso del tiempo y la segura tardanza en la cita, los espejos retrovisores destellaron la luz que explicaba la cercanía de otro vehículo, raudo se colocó a mi lado y al ver quien descendía supe que nadie me miraría con extrañeza porque si llegaba junto a ella, no habría dudas de quien recibiría la charla sobre puntualidad.
Las escalinatas del Teatro Nacional ya impulsaban mi respiración al ascender hasta su tercer piso y mientras caminábamos junto a mi compañera de tránsito terrenal mi paraguas de lapso se relegó por lo que me encontré de frente, la estrella de la noche, flanqueado por la dulzura y el temple de su mocana, seca, sacudía y medía por buen cajón. La mirada dulce y su cariñoso saludo, precedieron el protocolar que correspondía a la madre de mis hijos. Sobrio, extendí la mano del escritor; aún así vi su cara complacida por mi elección, quizás adelantando en el pensamiento sus próximos compromisos en los que su descendencia deberá pronunciar la frase de en las buenas y en las malas.
Acto seguido pasé al salón y el aire bohemio inundó mis sentidos: barbas descuidadas, uno que otro traje roído y un pelo un poco más largo de lo que mi padre hubiera querido. Los versos comenzaron a fluir en esta alma inquieta. Junto a mí el actor, al frente el cantante, cerca mi primo el que diseñó la Autopista Duarte y más allá el águila, ese que ahora sufre de amor, como todos los que queremos hasta estremecernos de dolor.
La maestra de ceremonias provoca la ausencia de ruido y con unas reiteradas gracias comienza a leer uno de aquellos versos sentidos.
Cocolo brillante asume el control y con un legajo de páginas entona un loor, merecido sin duda, muy largo quizás, pero quien quiere que termine un remanso de paz?
Al fin!, escucho una voz que se alegra cuando termina. Miro su sonrisa, traviesa la niña.
Me remonto de nuevo a las alturas mientras los duchos declaman; convencido estoy de que el monte Olimpo imagina que es una trama!
Finalmente, le toca al que su texto empuña y con esa voz que le distingue, el poema central desenfunda. Sus gestos lo delatan, su ahínco secunda, quién osa pensar que esto no es lo que su alma inunda. La bailarina destaca su flexibilidad y de repente me doy cuenta que falta algo más, y es que no está presente, hace años, ha partido. Cuánto hubiera disfrutado de una noche de amorío. Lo echas de menos, lo hace nuestra tierra querida, la misma que lo aclamaba a gritos, maldita enfermedad asesina.
Qué osado yo, con este escrito, entre laureados y famosos, arriesgándome a que me llamen mosquito, pero no pude aguantarme, fue mucho derroche y no pude sacar de mi mente a mi líder, aquel cuya piel tenía el color de la noche.
Yo sé poeta….yo sé.
(Relato de una noche utópica: la puesta en circulación del poemario Danza del Amor y los Mandalas de Tony Raful)