Y la educación

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Los efectos de la pandemia en el plano de la salud han estado muy presentes en los responsables de las políticas públicas.

La paralización de las actividades sociales y económicas y el posterior escalamiento de restricciones, a pesar de las dificultades para sostenerlos, son una prueba de ello.

Al principio la salud lo era todo. Después, la salud y la economía, porque sin la primera no era posible la segunda y sin la segunda era insostenible la debida atención de la primera.

El momento actual es de un notable esfuerzo por mantener el equilibrio entre una y la otra. No se puede perder la batalla contra la enfermedad, pero sin una cierta fluidez de la actividad económica, ¿cómo librar las batallas siguientes?

Al día de hoy, con los recursos de la medicina y las habilidades desarrolladas sobre la marcha, la esperanza de encontrar el debido equilibrio entre la salud y la libertad para la actividad económica parece colgada de dos elementos al alcance: un nivel de vacunación por encima del 70 por ciento y la cooperación personal.

¿Cuántas personas se han dado cuenta de que los procesos gripales casi han desaparecido? Los protocolos contra el coronavirus también protegen de otras afecciones de las vías respiratorias.

Pero hay una baja que parece marginal y sin embargo no lo es: la educación formal. El martes pasado el Ministerio de Educación informó que este año no tendremos pruebas nacionales, un esfuerzo de síntesis al que tiene que someterse el estudiante que completa el bachillerato.

Súmese a esto la irregularidad del año escolar y la imposibilidad de que todas las familias y los estudiantes accedan, bajo parejas condiciones, a la enseñanza remota en los niveles pre y universitario.

Los efectos de la pandemia en la educación se verán en el mediano y largo, pero ello no significa que no tendremos que afrontarlos y padecerlos.

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