Antes era común la afirmación de que en una guerra la primera baja es la verdad. Pronto ese aserto fue llevado a la política, vista esta como competencia de los partidos por el poder, y hoy está presente en todos los ámbitos de la vida en sociedad, particularmente a partir del asalto de las comunicaciones masivas por la muchedumbre.
Por todas partes es posible encontrarse falsedades notorias, y a veces no tan evidentes, circulando de mano en mano como hecho creíble unas veces y otras como divertimento.
A quien anda dispuesto a perder su tiempo no le importan consejos, especialmente porque debe considerar sin sentido asuntos más serios como la vida pública, el desenvolvimiento de la economía o las estrategias para mantenerse saludable en medio de unos estilos de vida que van en contra del bienestar personal.
Las falsificaciones o sencillamente las mentiras acerca de lo que sucede en la zona fronteriza puede tener consecuencias lamentables para todos, y de esto tuvo que ocuparse ayer nada menos que el ministro de Defensa, Carlos Fernández Onofre, en un recorrido de supervisión y aliento a miles de soldados y altos oficiales.
Y es que la mentira sobre cualquier cosa, particularmente si se trata de asuntos de interés general, se convierte en vía para hacer dinero, “monetizar” como se dice por todas partes, sin mirar que al asumir esta forma de lucrarse se causa un gran daño a la moral social.
Difundir rumores, o chismes, ha sido siempre un lisio presente en las comunidades populosas, y en algunas actividades, como la política. Pero que esto haya llegado al punto de la desnaturalización del fin de las comunicaciones masivas, que no puede ser otro que el de mantener informada a una colectividad acerca de lo que puede afectarla o beneficiarla, es un resultado inesperado de un notable proceso de democratización de la información.
La comunicación permanente es una realidad, pero por lo visto nadie pensó que podía llegar acompañada de algunos agregados dañinos o, francamente, indeseables.
leídas