Vivir con sentido

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Vivir parece lo más normal, sin embargo es un triunfo, un milagro. Nadie pidió vivir, sin embargo estamos vivos. El misterio de la vida solo se comprende desde su aceptación.

Cada vez más, el sin sentido amenaza la existencia humana y se expresa en la negación de la vida o en su degradación.

Morir en vida es la gran amenaza de hoy. Este estado se expresa en existencias de autómatas o esclavos de un sistema que preconiza los bienes y el estatus como fin absoluto.

Tanto tienes tanto vales es la prédica de la religión del “homo economicus” que ahora se alía con la del “homo technologicus” que aspira a embriagar la vida de lo virtual, profundizando así la confusión y el vacío existencial. Redescubir la vida nos lleva a profundizar en la vida en Cristo y entenderla como sacrificio y responsabilidad.

La vida en Cristo:

“He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

Jesús vino para darnos vida en abundancia. La abundancia no son las posesiones, sino la riqueza interior que nos orienta a dar la vida como un don gratuito. La vida se nos da para que la demos. La auténtica vida es ofrenda, no afrenta.

La vida como sacrificio y responsabilidad:

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Marcos 8:34)
La buena vida, espiritualmente, no es la vida color de rosas que evita el sufrimiento y el dolor. Negarse a sí mismo es renunciar a vivir una vida de egoísmo. La vida que Jesús nos da es el fruto de la cruz.

El mismo nos invita a cargar con nuestra cruz y a seguirlo. La fortaleza para poder llevar la cruz viene de Él.

La vida es una responsabilidad. Vivirla implica tomar decisiones que nos permitan descubrir el sentido de la vida más allá de nosotros mismos: en los demás, en el bien y el servicio. Una vida sin sentido es estéril.

Como decía Vicktor Frankl, la vida no nos debe nada, es ella la que espera de nosotros. Por uno espera la pareja, los hijos, los padres, los hermanos, los amigos, la ciudad y el mundo.

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