La presión por aprovechar cada momento de un viaje puede llevar a llenar los itinerarios de actividades, reducir el tiempo de descanso y provocar que algunas personas regresen a casa más cansadas de lo que partieron.
Viajar suele asociarse con descubrir lugares, vivir nuevas experiencias y desconectarse de la rutina, pero la necesidad de visitar todo, cumplir un itinerario y sentir que cada día fue aprovechado puede terminar convirtiendo el recorrido en una nueva forma de exigencia.
Una encuesta de MyIQ realizada a 13,684 adultos de Estados Unidos, la Unión Europea, Reino Unido, Canadá, Australia y América Latina encontró que el 69 % siente presión por hacer que cada día de viaje “cuente”, incluso cuando eso significa regresar a casa más cansado.
La planificación comienza a generar presión incluso antes de partir. El 63 % dedica más tiempo a organizar el viaje que a decidir realmente adónde quiere ir, según los resultados.
Una vez en el destino, detenerse tampoco parece sencillo: el 57 % siente culpa cuando pasa una tarde sin hacer nada y casi la mitad, el 48 %, reconoce haber regresado a casa sintiendo que necesita otro descanso.
Viajar para cumplir
La presión no solamente provoca itinerarios cargados, sino que puede influir en las decisiones sobre qué hacer y cuánto tiempo permanecer en cada lugar.
El 42 % de los participantes afirmó haber cambiado sus planes por temor a quedarse demasiado tiempo en un mismo sitio, mientras que el 38 % realizó actividades que realmente no le interesaban porque sentía que debía vivir esa experiencia.
Este último dato muestra uno de los efectos de convertir el viaje en una lista de cosas que deben hacerse: las preferencias personales pueden quedar desplazadas por expectativas externas sobre aquello que supuestamente hace que un destino haya sido bien aprovechado.
Sarah Meyer, directora general de MyIQ, considera que este comportamiento refleja cómo la cultura de la productividad ha trascendido el entorno laboral y comienza a determinar también la manera en que las personas valoran su tiempo libre.
“La cultura de la productividad ya no termina cuando finaliza la jornada laboral”, sostiene Meyer, quien advierte que esta mentalidad puede hacer que descansar genere culpa y que completar un itinerario termine funcionando como prueba de que el viaje ha valido la pena.
La investigación aclara que el problema no está en preferir viajes activos o agendas completas.
Un itinerario con numerosas actividades puede resultar satisfactorio cuando responde a los intereses del viajero, pero la tensión aparece cuando hacer más deja de ser una elección y se convierte en una obligación.
Disfrutar sin agotarse
Encontrar un equilibrio entre conocer el destino y disponer de tiempo para disfrutarlo puede ayudar a evitar que el viaje termine convertido en otra carrera contra el reloj.
- Una primera recomendación es no planificar cada hora del día. Dejar espacios libres permite descansar, improvisar o permanecer más tiempo en un lugar sin sentir que se está incumpliendo el itinerario.
- También conviene priorizar las experiencias que realmente interesan. No es necesario visitar todas las atracciones recomendadas ni realizar una actividad únicamente porque aparezca en redes sociales o figure entre los lugares considerados “imprescindibles”.
- Otro elemento importante es aceptar el descanso como parte del viaje. Una mañana sin planes, una tarde en la playa o unas horas disfrutando tranquilamente del alojamiento no representan tiempo desperdiciado.
- Mantener cierta flexibilidad también ayuda. Cambiar una actividad porque existe cansancio, porque el clima no acompaña o simplemente porque surgió otro plan puede formar parte de la experiencia sin que eso signifique haber desaprovechado el día.
- Reducir las comparaciones con los viajes que otras personas muestran en redes sociales puede igualmente disminuir la presión por reproducir determinados recorridos, fotografías o experiencias.
- Y cuando el tiempo lo permita, resulta conveniente dejar un pequeño margen entre el regreso y la reincorporación a las obligaciones habituales, evitando pasar directamente del viaje a la rutina.
Los resultados del estudio plantean, en definitiva, una reflexión sobre la manera en que se mide actualmente una buena experiencia de viaje: conocer más lugares y completar más actividades no necesariamente significa disfrutar más.
A veces, permanecer un poco más en un sitio, cambiar el itinerario o simplemente detenerse puede convertirse también en una de las mejores experiencias del recorrido.
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