Miércoles, 22 de mayo, 2019 | 5:54 am

Una inesperada visita al templo



El señor, de edad madura, notó algo inusual a sus espaldas. Sintió miedo. Vio un templo católico apenas a unos pasos. Entró, pero permaneció de pie algunos instantes observando la puerta de entrada. Nadie. Solo el silencio profundo del lugar al que no penetraba el bullicio callejero.

Minutos atrás notó aquellas presencias cuando caminaba despacio por la acera. Fue cuando tomó su decisión. Día de semana. Pocos fieles. Dentro, la temperatura es más agradable.

El tibio sol matutino apenas acaricia las figuras y colores de los vitrales que contrastan con la vaga penumbra del sitio.

Acomodado en uno de los bancos, recuerda que esa mañana, escuchando y viendo los programas de noticias y entrevistas, meditó en la reacción del ciudadano ante ese bombardeo implacable de eventos, conflictos, declaraciones… ¿Tendrían las personas tiempo para pensar, para discernir?

Recordó un personaje cuyo nombre escuchó esa mañana. Había seguido, hacía años, a ese ciudadano, Roberto Saladín, a quien se calificaba ahora como “el miembro disidente” del organismo electoral del que era integrante por una opinión contracorriente.

Sonrió con satisfacción y se dijo: “Lástima que no tengamos muchos Roberto Saladín en todas las instancias del Estado”.

Meditó que, por lo que sabía, el funcionario acostumbraba a conducirse de forma correcta, ceñida de manera rigurosa a principios ineludibles.

Dos antiguos amigos le llegaron a la mente: Edgardo Hernández Mejía y Guillermo Piña-Contreras.

De ellos poco o nada sabía desde hacía mucho tiempo. A ambos les conocía muy bien.
Hernández Mejía, quien se doctoró en Derecho, laboró por décadas en la Suprema Corte de Justicia. Ahora estaba pensionado.

Sonrió con cierta tristeza y se dijo que le hubiera agradado que quienes ocuparan desde siempre los honorables asientos de la institución fueran como Hernández Mejía.

Añadió, moviendo la cabeza: quién sabe si todavía alguna grata sorpresa nos aguarda en algún recodo del camino. Quiera Dios.

Pensó en lo que, alguna vez, se calificaba como el carácter de un pueblo, de su reserva moral, al recordar aquellos amigos. Como era lógico, el país, las personas, las ciudades, todo era diferente. Solo que había realidades que nunca debían cambiar. “Nos hemos debilitado”, se confesó. “Son muchas las manifestaciones de lo que somos que se han ido diluyendo con el paso del tiempo”.

Recordó una fecha: el aniversario de la muerte de José Francisco Peña Gómez. También le había conocido. Su arraigo era tan vigoroso que, por sí solo, este hombre poseía el poder de provocar una erupción social. “A su manera, era un muro de contención.

Pero ese muro, sencillamente, ya no existe”. Como tantos otros. Pensó en los temas en debate, en las tantas declaraciones públicas, en el sobresaturado tema de la reelección y, con desdén, concluyó que el ciudadano era bombardeado las 24 horas del día con asuntos en su mayoría vacuos, intrascendentes, de poca monta y escaso sentido.

Se puso de pie y, por un momento, observó las estatuas de santos en actitud contemplativa, imágenes veneradas de Cristo, pinturas y vitrales del juicio final y el apocalipsis.

Contrario a esta avalancha de temas intrascendentes, se dijo, estaban aquellos hacedores de opinión pública conscientes de la situación. “Empresas de Herrera: economía local ha entrado en asfixia” (EL DÍA). “El hospital Jaime Mota arrastra deterioro de años” (“Diario Libre”).

“Estado abandona miles pacientes pie diabético” (Altagracia Ortiz). “Transportistas piden al Gobierno buscar salida para altos costos operacionales” (Wilder Páez). “Piden detener los asaltos a estaciones de combustibles” (Franklin Cordero).

“Efectos minería en Cotuí, afectan a 3,500 familias” (“Diario Libre”). “Existe la percepción de que fondos públicos no son administrados con la debida observancia” (Pedro Silverio).

Antes de abandonar el templo, se asomó a la puerta y miró en ambas direcciones. Cuidadosamente. Dos motoristas con cascos que cubrían sus rostros le estaban siguiendo despacio cuando se decidió por entrar al lugar sagrado. Ya no estaban allí. “Quiera Dios y no aparezcan de nuevo”, se dijo.

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