Domingo, 22 de septiembre, 2019 | 10:26 pm

¿Somos prisioneros del pasado?



Por Diógenes Aybar

En el otoño de 1980, viviendo para ese entonces en Leningrado (hoy San Petersburgo), antigua Unión Soviética, recibí una carta de un amigo muy cercano que vivía en New York.  En la carta mi amigo se quejaba amargamente de que la vida era una tragedia porque nadie podía liberarse de su pasado, que el pasado determinaba toda tu vida y tú no podías escapar a ello, que la libertad no existía.

Con esto él quería justificar a todos los delincuentes y a sí mismo, ninguno era culpable, pues todos habían sido atrapados durante su niñez en una estructura que se desenvolvía automáticamente con el paso del tiempo.  A continuación transcribo la respuesta que envié a mi amigo, pues la considero muy pertinente, todavía hoy, para los futuros lectores de esta columna.

26 de octubre, 1980

Estimado Luís;

 El hombre tiene que aprender de Dante, debe buscar su Virgilio que lo tome de la mano y lo lleve de círculo en círculo hasta el mismo centro del infierno, viendo en cada círculo a sus contemporáneos y a sus predecesores.

 Pero no debemos buscar a Virgilio fuera de nosotros, afuera está el infierno al que hay que entrar, degustar y comprender; ¿y Virgilio? Él es la historia de la humanidad sellada y asimilada en nuestras mentes. Por eso no todos encontramos a Virgilio, ni mucho menos la puerta del infierno [de Dante].

 Nada hacemos con gritar ni resabiar; nada hacemos con desesperarnos y amargarnos; no ganamos ni resolvemos nada con suicidarnos o volvernos locos; como quiera hemos de existir.

 ¿Qué nos hace sufrir? ¿Qué nos hace angustiarnos? ¿El hecho de no comprenderlo todo? Mentira, si más bien es la comprensión la que ha acarreado consigo el sufrir y la angustia; entonces, ¿de dónde vienen ellos? Al dar respuesta a esta pregunta es que comenzamos a hacernos conscientes de nosotros mismos, pues resulta que ella sólo puede ser contestada cuando el sujeto tiene determinada comprensión de su interior y puede analizarse a sí mismo con un grado aceptable de objetividad; cuando deja de ser molécula para ser un ser dual: Químico y molécula a la vez.

 ¿Qué es lo que se comprende entonces? Pues que toda angustia es fruto de la presencia en el sujeto de tendencias o concepciones contradictorias, las cuales existen simultáneamente en el individuo hasta que él no intenta establecer para sí un marco general de comportamiento y/o una concepción global del medio que lo rodea.  Entonces él (consciente o subconscientemente) encuentra que hay piezas que no encajan en el rompecabezas.

 Después resulta que todas las piezas que antes estaban juntas corresponden a dos “paisajes” diferentes, que deben ser armados por separado, porque se excluyen mutuamente.  Cuando ya están armados entonces viene el asombro: ¡Cuál es el original! ¿Cuál es el falso y cuál el verdadero?

 No se puede vivir [al mismo tiempo] bajo normas de comportamiento que se excluyan mutuamente.  Tampoco se puede diseñar y construir un aparato usando leyes que se contradicen las unas a las otras.  Entonces hay que decidirse por uno de los dos sistemas o paisajes que han resultado de encajar las piezas; y ahí viene el conflicto: ¿por cuál? Eso lo decide la experiencia, la vida; pero aún no ha aparecido la razón de la angustia, aún no sabemos que en la trama nos jugamos la vida.

 Pues bien ¿Cuál es el origen de esos dos “paisajes”? ahí está el quid del asunto, y es la experiencia la que da la respuesta.

 Desde que el niño nace sufre un proceso llamado por los psicólogos “socialización” por medio del cual el mismo es integrado a la comunidad en que va a vivir.  Este proceso es muy complejo por su variedad de formas, pero cumple reglas generales ya observadas: La conciencia naciente asimila sin discriminación toda la información que recibe en forma de sonidos, formas, tamaños, colores, y movimientos; pero a todo esto se agrega la actividad de los seres de su propio género que lo rodean; y esto es copiado en forma de cuadros de comportamiento, fruto de la repetición sistemática y lógicamente concatenada de dichos cuadros.

 Así, dependiendo de la edad y otros factores, nos “enseñan” lo que es “bueno” y lo que es “malo”, lo “feo” y lo “bonito”, lo que se “puede” y lo que “no se puede” hacer; y nos forman cuadros de intereses y de comportamiento. A esto contribuye, además de las relaciones normales en la casa y con los amiguitos, la escuela, los libros, las revistas cómicas, las películas, los muñequitos, los periódicos, y como no debía faltar los comerciales y toda clase de propaganda.

 Todo lo ya establecido intenta apoderarse de nuestra conciencia a través de un lenguaje denominado lenguaje semiótico.  Pues bien, de esa manera nos forman uno de los dos “paisajes” que hemos armado. ¿De dónde, entonces, viene el otro?

 A decir verdad nuestro medio no nos ofrece las piezas de los rompecabezas por separado, sino todo entremezclado; pero nosotros no nacemos con la capacidad de separarlas y organizarlas (aunque en potencia la tenemos), sino que la desarrollamos luego, pero no todo el mundo la desarrolla hasta un mismo grado, esto depende de innúmeros factores.

 Es cierto que todo nos es dado así, pero cuando el hombre ha llegado a un grado de desarrollo de su conciencia tal que éste exige los “porqué” para actuar, comienzan entonces a organizarse y a separarse estas piezas. Pero entonces ¿de dónde salen las piezas del otro “paisaje”?

 Pues veamos, estas piezas no hablan de “feo” ni “bonito”, de “malo” ni de “bueno”, ni nada por el estilo.  Pongamos algunos ejemplos:  La naturaleza no nos engaña cuando vemos el día y la noche, tampoco cuando vemos al perro y la perra en su acto sexual, ni cuando la perra pare; tampoco nos engaña cuando vemos el sol y las estrellas y como corre el agua en el río; no nos engaña con los sonidos ni el arco iris, ni con la risa, ni con el llanto, ni con el hambre; en fin, no nos engaña, nos muestra cosas y leyes, hombres y planetas, viento y mar, no nos exige nada y no nos castiga.

 Sin embargo, el medio que nos impone cuadros de comportamiento nos engaña al señalárnoslos como únicos reales y verdaderos; nos engañan con los cuentos de hadas, con los reyes magos y la cigüeña, con el “cuco”, con la golosina y el paseo, con la película y los muñequitos, y con los comerciales.  Y sin embargo nos exigen seguir sus cuadros de comportamiento, y nos castigan; nos castigan para que no rechacemos esos cuadros, nos quieren conducir como manadas. Aquí vemos la diferencia entre estos dos “paisajes”.

 Pero, ¿de dónde viene la angustia? Comenzaremos con unas cuantas preguntas: ¿qué siente el hombre cuando sabe que se le debe amputar un brazo? ¿Qué siente cuando sabe que va a morir un ser querido? ¿Qué siente cuando es condenado a muerte? En todos estos casos siente angustia, porque en todos estos casos él o una parte de él va a morir, y moviéndolo el instinto de conservación busca una salida a la situación.

 Pues bien, en este caso nos encontramos cuando tenemos que decidirnos por uno de los dos “paisajes”, pues de tal manera nos han atado a los cuadros de comportamiento que aun pensamos que ellos, su conjunto, es nuestro yo, cuando en realidad no es más que un ropaje de la conciencia que puede ser cambiado (a ese ropaje se le llama personalidad).

 Pero sucede que tenemos que destruir uno de los dos “paisajes”, y tenemos la siguiente disyuntiva:

 Si destruimos el que no nos engaña, nos estaríamos engañando a nosotros mismos, pues no se puede destruir lo que es real, sólo se puede ocultar; entonces ese fantasma nos seguiría a todas partes y no querremos abrir los ojos para no verlo, nos haría la vida imposible, una carrera loca a ojos cerrados en contra del “fantasma” de la realidad. Por otro lado, si intentamos destruir al “paisaje” que nos engaña, al ropaje sucio, a la personalidad formada por un conjunto de cuadros de comportamiento, entonces sentiríamos dentro de nosotros una oposición gigantesca, pues el instinto de conservación mueve a una parte de nosotros a que nos opongamos, pues para uno ese ropaje es uno mismo.

 Entonces la disyuntiva “desesperación continua o muerte” es la que conduce a la angustia, que llamamos angustia existencial.

 La gente resuelve este problema de varias formas: 1) unos se deciden por entrar en la carrera loca a ojos cerrados en contra del fantasma de la realidad, casi el 100% lo hace; 2) otros permanecen en la disyuntiva, hasta que culminan suicidándose o volviéndose locos; y 3) otros, los menos, se lanzan por la opción de destruir el falso yo; y es entonces cuando nacen libres porque han comprendido que “para nacer hay que romper un mundo” (Demian, Herman Hess); ellos llevan la “marca de Caín”, aunque a veces se sienten solos.

 En esto estriba la diferencia, es imposible romper rotundamente con nuestro pasado, pues la conciencia no existe sin historia; no se puede explicar ningún proceso mental o de la conciencia sin incluir en ello la memoria y un proceso de asimilación e interpretación de los datos recibidos del exterior al cual se le puede llamar pensamiento.  Pero la memoria implica pasado, por lo que no podemos romper con el pasado.  Y entonces, ¿estamos condenados a ser esclavos? No, pues, como ya vimos más arriba, ese pasado tiene dos aspectos, uno objetivo y el otro falso, y cuando llegamos a distinguirlos y analizarlos estamos en capacidad de decir ¡no! al fantasma de lo irreal, los tabúes, las creencias sin fundamentos, las restricciones morales, la vanidad en todos sus sentidos, etc.

 Entonces no decimos ¡no! a todo el pasado, sino a éste, el cual no olvidamos, sino que lo ponemos en su justo lugar; de su pedestal de dios lo bajamos a la sombra de un fantasma falso, ilusorio, y es así como queda destruido.

 No amigo mío no eres esclavo del pasado, o tal vez sí lo eres, pero sólo mientras no decidas hacerte dueño de ti mismo rompiendo el mundo de valores y comportamiento que otros construyeron en ti.  Nadie es inocente, pues todos somos capaces de reconocer las contradicciones en que vivimos, pero requiere de un acto de sinceridad y responsabilidad profundas el romper la ilusión que nos han hecho creer.  No nos escudemos en culpar al pasado, pues la verdad de la naturaleza que nos hizo es más fuerte que todos los castigos y los miedos de sufrirlos. Además la angustia no te dejará vivir en paz, pues ya descubriste la verdad y no podrás ocultártela a ti mismo.

 Un Abrazo;

 Iván

Diógenes Aybar

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