Por Grabiel Sanchez.
Cuando se ha militado durante más de tres décadas en un partido político, sea de izquierda o de derecha, se dejan en esa organización amigos, compañeros y camaradas. Eso, claro está, si la salida se ha dado en buenos términos y si la organización tiene la madurez suficiente para entender el ciclo natural de la militancia y de su propia existencia.
Porque el pensamiento evoluciona, y también lo hace la vida del partido. Estas líneas nacen de una conversación con un querido camarada que la militancia me regalo.
Me reivindico como un hombre de izquierda, no por etiquetas, sino por lo que creo, por mis principios y por mi trayectoria. No busco la aprobación de nadie; nadie me va a decir si soy más o menos revolucionario, porque no existe el "revolucionómetro" que mida la pureza ideológica. Soy un hombre de izquierda porque creo y lucho por un mundo más equitativo, y porque, como dijera Terencio, nada humano me es ajeno. Soy de izquierda porque la izquierda trata de convencer con argumentos racionales, mientras la derecha apela a emociones simples y sin fundamento.
Los partidos nacen con el fin último de tomar el poder. "Salvo el poder, todo es ilusión", sentenció el líder revolucionario ruso Vladímir Lenin. El espectro político es amplio: derechas, izquierdas, centros y extremos. En este artículo, sin embargo, quiero centrarme en la izquierda, pues es en ese espacio donde he militado por más de tres décadas.
La izquierda no es un bloque monolítico, sino un amplio arcoíris de valores que comparten la justicia social y la igualdad, pero que discrepan en cómo alcanzarlos. Existe el comunismo, que promueve la eliminación de la propiedad privada y del capitalismo mediante una revolución que instaure la dictadura del proletariado para avanzar hacia una sociedad sin clases.
El socialismo revolucionario tiene postulados similares, con énfasis en la toma del poder por la clase obrera, y se divide en corrientes como el marxismo-leninismo, el trotskismo, el maoísmo o el estalinismo. Está también el anarquismo, que, contrario a lo que se cree, no es caos, sino que propugna por una sociedad sin jerarquías impuestas. También están los progresistas, que priorizan una agenda cultural y de derechos civiles, y que no necesariamente cuestionan al capitalismo; de hecho, muchos creen en un capitalismo con rostro humano.
Creer en la revolución no significa militar en un círculo cerrado en torno a cierto líder histórico ni en ninguna facción particular. La verdadera esencia de la revolución es mucho más amplia y generosa: se trata de impulsar cualquier proyecto colectivo que realmente mejore la vida de la gente, que genere justicia social, equidad y oportunidades reales. Tener como meta "hacerse rico" no es revolución, es oportunismo disfrazado de ideal. Pertenecer a un mecanismo o partido de izquierda no es aval suficiente para considerarse puro ideológicamente hablando. Lo ideal es preguntarse de manera honesta: ¿ese partido está al servicio del pueblo o al servicio de unos pocos? Porque si, mientras participas en él, favoreces intereses particulares, entonces no estás haciendo revolución: estás alimentando una red de privilegios que termina corrompiendo cualquier bandera revolucionaria.
Los izquierdistas que no militan en ningún partido son muchos más que los que sí lo hacen; la condición de izquierda no debe definirse por la militancia, sino por lo que cada quien cree y defiende. Ser de izquierda y anhelar un cambio profundo es un concepto mucho más vasto que cualquier sigla o liderazgo. Yo sigo creyendo en la revolución, en la utopía de un mundo más justo. En quienes ya no creo es en esos falsos líderes que, históricamente, han utilizado y siguen utilizando el discurso de la izquierda como un simple instrumento para alcanzar sus metas personales: hacerse ricos, colocar a sus hijos, hermanas o amantes en posiciones de poder y privilegio, mientras ignoran a la militancia de su partido.
Quien hace política desde la mentira, el engaño, la trampa, la retaliación y el chantaje está construyendo sobre arena movediza. Quien pretende organizarse y avanzar solo con allegados, y relega a sus camaradas de toda una vida, está destinado al fracaso más estrepitoso. Esa clase de prácticas no construyen pueblo, ni confianza, ni futuro. Solo generan desencanto, división y, a la larga, más pobreza y cinismo.
Mi compromiso es con mi trabajo, con mi gente y con mis principios, no con prebendas ni con lealtades mal entendidas. No creo en el culto a la personalidad, ni en los caciques eternos. Quiero dejar claro que mi intención no es crear polémica con nadie, pero me duele y me desconcierta ver cómo personas buenas siguen defendiendo, con su presencia y su silencio, hechos tan deleznables.
No es un ataque hacia nadie en particular, sino una invitación a mirar con ojos críticos lo que se hace en nombre de ideales que, en la práctica, se traicionan una y otra vez. Es cierto que todos cometemos imprecisiones y errores, porque al fin y al cabo somos humanos y fallamos. Pero hay una diferencia abismal entre equivocarse por honestidad y hacerlo por conveniencia, por omisión o por seguir ciegamente a alguien sin cuestionar sus acciones.
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