Domingo, 21 de abril, 2019 | 2:00 am

Respeto, una palabra, siete letras



En este libro, en el que dejo correr la mirada, y cuyo título y autor no es necesario citar, escrito de manera evidente para estimular la reflexión sobre el propio destino y el destino colectivo, el ciudadano es presentado o expuesto como “una persona indefensa”, “una víctima de las circunstancias” o “una hoja seca arrastrada por el viento”.

Su autor se dirige de forma directa a quienes formamos parte del “común de las personas”. Nos identifica porque sabe o imagina que carecemos de lo que se denomina poder, independencia económica o libertad personal. Nos han transformado “en un simple objeto de las circunstancias” y, por consiguiente, somos poco dignos del respeto de nadie.

Se nos presenta entonces el personaje fundamental del libro cuando, ya de noche, trata de alcanzar su “pequeño apartamento”. Asciende muy despacio por una estrecha escalera.

“Se toma un respiro aunque el aire caliente le revuelve el estómago”. Tal es su estado de ánimo.

“Aparte de la oscuridad y los insectos, el personaje no puede ignorar que, a pesar de la limpieza con agresivos odorizantes caseros, la peste innombrable de la basura se ha hecho dueña de las paredes”. Esa fetidez es para él “como arrastrar el alma hacia el infierno”.

Temprano, al día siguiente, sale de nuevo a realizar una encomienda en la que se le exige su presencia… Es cuando “tropieza, en la hora mortecina, con las calles vacías y en silencio y los contados venduteros cuyos triciclos transportan hortalizas, víveres y frutas adquiridos previamente en el sucio y maloliente mercado de la avenida Duarte”.

Las contadas personas con las que se cruza en su camino exponen “rostros soñolientos y de disgusto”. “En esta intersección una señora de edad y entrada en carnes, vende café y té en minúsculos envases que, poco después, van a incrementar la basura callejera, a taponar los desagües y envenenar los ríos y el mar”. Piensa y lamenta que “a las aves también les corresponderá su cuota de enfermedad y muerte”.

Mira en su entorno “los establecimientos cerrados, con sus verjas metálicas. Acumulación de desperdicios en las calles, otros muchos en fundas rotas por perros hambrientos y basura desparramada sobre aceras destrozadas, aireando una pestilencia insoportable”.

“El calor”, prosigue el texto, “un calor intenso, devastador, intolerable, le llega como un golpe. Siente la humedad aposentándose en todo su cuerpo.

El sol ya se proyecta en el asfalto de la calle, en los vehículos, en los colores amarillo, naranja y rojo de las tiendas de repuestos de automóviles y las bancas de apuestas que proliferan sin control, con sus letreros de paradójicos caracteres, como si sus autores pintaran bajo el imperativo de tenebrosas alucinaciones o ejecutaran su trabajo en un estado de absoluta ebriedad e intoxicación…”

“Tomó un pañuelo blanco, tras quitarse los viejos y corroídos lentes de pasta y, despacio, lo deslizó en su rostro hasta enjugar el sudor cuyas gotas de sal amenazan con caerle en los ojos”. Y añade: “Al colocarlos de nuevo, de forma inconsciente, proyecta su mirada hacia una fea pared pintarrajeada de cal, que supuestamente protege de invasores y arrabaleros un solar ubicado en una esquina”.

Es cuando la mirada tropieza con una escena, siente un vago aliento y respira profundo. “Se trata de una imagen en un afiche en cuyos bordes aprecia las franjas azules y rojas, divididas por una blanca de un símbolo que no le es posible pasar por alto. Hay allí un rostro que lo observa de manera imperativa. Otra vez sintió aquel nerviosismo, aquella vaga y persistente inquietud de lo poderoso e inevitable”.

“Esta vez la leyenda escrita bajo la figura de frente un tanto árida y pulcra, piel clara, copiosos bigotes, ojos de mirada directa y sin concesiones, y esos labios de rictus conminatorio y que no admiten tolerancia alguna es: “Respeto”. Una sola palabra, una demanda inequívoca, siete letras…”

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