Réquiem para un gran amigo
No siempre los seres humanos estamos preparados para aceptar nuestro destino. La resistencia surge de modo natural, casi instintiva, frente a cada golpe inesperado que nos presenta la vida.
Los contratiempos, las crisis personales, los retos laborales, los reveses económicos o los conflictos familiares suelen ser asumidos —con mayor o menor resignación— como parte de ese trayecto inevitable que llamamos destino.
Rara vez nos detenemos a examinar con profundidad nuestros propios errores, la falta de previsión o las decisiones equivocadas. Es más fácil culpar a lo inevitable, incluso atribuirlo a designios divinos.
Sin embargo, hay circunstancias que rompen esa lógica de comprensión. Las enfermedades graves, repentinas, que colocan al ser humano en una condición de absoluta vulnerabilidad, nos enfrentan a una realidad distinta: la fragilidad de la vida. Es ahí donde todo cambia. Donde ya no hay espacio para teorías ni explicaciones fáciles. Solo queda el dolor, la incertidumbre y, muchas veces, la impotencia.
Así se fue Mario de Jesús Doñe Montalvo.
Tal vez su nombre no resuene en todos los rincones del país, pero quienes tuvieron el privilegio de conocerlo saben que se trataba de un ser humano excepcional. Mario no era simplemente un profesional destacado; era, ante todo, un hombre de alma generosa, de sonrisa permanente, de conversación viva.
Disfrutaba narrar sus experiencias, tanto en el ámbito laboral como en la vida cotidiana, dotando cada historia de un matiz especial que hacía imposible no escucharlo con atención y afecto.
Era de esos amigos que no abundan. De los que están en las buenas, pero sobre todo en las malas. De los que no preguntan dos veces antes de tender la mano. En una sociedad donde la amistad muchas veces se diluye según las circunstancias o conveniencias, Mario representaba una excepción luminosa: un amigo en toda la extensión de la palabra.
Sus encuentros semanales en su apartamento, junto a su compañera Marlen Jiménez, eran más que simples reuniones. Se convertían en verdaderas tertulias donde el tiempo parecía detenerse entre risas, reflexiones y afectos compartidos.
Allí, Mario desplegaba otra de sus grandes pasiones: la cocina. Chef por vocación, encontraba en los fogones una forma de expresar su cariño hacia los demás. Cocinar para sus amigos no era un gesto trivial, era una extensión de su generosidad.
Pero la vida, impredecible y a veces implacable, decidió escribir un final distinto. De manera repentina, aquel hombre activo, lleno de energía, cayó enfermo. Una noche bastó para cambiarlo todo. Fue trasladado de urgencia a un centro de salud en la capital, y desde entonces comenzó una lucha silenciosa que se extendió por más de 30 días.
Ya no era el Mario de las bromas, de las historias, del entusiasmo contagioso. En una sala de cuidados intensivos, su vida se fue apagando lentamente, rodeado de la esperanza de quienes aguardaban un milagro que no llegó. Hasta que, en la madrugada de un martes reciente, su corazón decidió detenerse.
Con su partida no solo se pierde a un profesional respetado —quien se desempeñaba como Director de Planificación de la Cámara de Diputados—, sino a un ser humano íntegro, solidario, comprometido con los demás. Su ausencia deja un vacío profundo, imposible de llenar, en su compañera, en sus hijos, en sus familiares y en ese amplio círculo de amigos que hoy lloran su partida.
Pero más allá del dolor, queda su legado. Queda el recuerdo de su sonrisa, de su disposición constante a servir, de su capacidad de hacer sentir bien a quienes lo rodeaban. Queda, sobre todo, la certeza de haber conocido a alguien que supo vivir con autenticidad.
Hoy despedimos a Mario con tristeza, pero también con gratitud. Porque en tiempos donde los afectos suelen ser frágiles, él supo ser permanente. Porque en medio de las dificultades, él eligió ser luz.
