Reelección y retos éticos de la reforma constitucional
La reforma constitucional nos enfrenta a muchos retos.
Varios órganos del Estado deben ser estructurados, readecuados e implementados.
Es un proceso que debe contar con la participación y compromiso de los poderes del Estado y de la ciudadanía, para que la Constitución sea un cuerpo vivo y no una pieza del escaparate normativo.
Dichos objetivos se pueden resumir en el carácter vinculante de las normas constitucionales, que tienen el sello de la eficacia y, por ello, la necesidad de su incorporación a la vida diaria de todas las instituciones y de quienes integramos esta nación.
Pero el mayor desafío es el de la moralización de la política a través de la Constitución y su interpretación.
Si queremos superar nuestras debilidades institucionales frente al modelo neoliberal, como expresión de intereses muy particulares, y el modelo republicano, basado en la voluntad general, debemos cruzar hacia el modelo deliberativo (Habermas) para construir una ética ciudadana y democrática que supere la limitada visión del cumplimiento de la ley y contribuya a mejorar la calidad de las decisiones.
Uno de los principales retos de las democracias liberales es la construcción de una ciudadanía moral, en la que los ciudadanos entiendan que son sujetos no sólo de unos derechos fundamentales, sino también de unos deberes cívicos (Victoria Camps).
Pero se advierte en la actualidad un gran déficit de ciudadanía, lo que convierte a la nuestra en una democracia sin ciudadanos, con rasgos preocupantes, como la falta de civismo, de interés político y poca participación en los asuntos que conciernen a todos.
A esta falta de compromiso contribuye la conducta de los líderes del país y de quienes dirigen la cosa pública, lo que provoca un descreimiento en las instituciones y en su funcionamiento, con el consecuente riesgo para el propio sistema democrático.
Haber establecido en la Constitución la prohibición de la reelección presidencial consecutiva y propiciar un inmediato cambio para permitir la reelección inmediata envía un mensaje peligroso y antiético al cuerpo social que desarticula el discurso democrático y vulnera sus más elementales principios.
Dejémonos de bellaquerías continuistas.