Mi madre siempre cuidó de mi imagen en mis primeros años de vida. Y aquel sábado por la mañana, en uno de los meses de 1997, cuando conocí a mamá Petra, no era la excepción.
Tenía la cero en la cabeza, una camisa de cuadros con corbata negra, un pantalón de pinzas y unos zapatos negros, limpios… pero rotos.
Recuerdo haberme quejado de los tales zapatos con la señora Verónica, a lo que esta respondió: «Dios proveerá zapatos nuevos».
Con la fe del niño de nueve años que era, me dirigí solo y «como todo un hombrecito» a la iglesia ubicada en las inmediaciones del parque de Río Salado, un populoso sector de La Romana.
Allí me interceptó mamá Petra. Estaba sentada en una de las butacas del parque y me elogió diciendo en voz alta: «¡Qué niño más bonito!».
Yo callé, bajé la cabeza y aceleré el paso. Tenía indicaciones precisas de no hablar con extraños «porque a los niños se los robaban para extraerles los órganos».
Yo llegué a creer, con toda seguridad, que mamá Petra era una de esas personas que robaban menores, no porque lo aparentara —se trataba de una señora de facciones agradables, con un corte de cabello en óptimas condiciones, bien vestida y segura de sí misma—, sino por lo que dijo después de que completara el recorrido con los ojos y se percatara de que uno de mis zapatos estaba roto en la parte de atrás.
«Ah, pero tienes los zapatos rotos. Vamos a comprarte un par en el mercado y luego yo te traigo de nuevo a la iglesia».
Terminé corriendo y, con el corazón en la boca, llegué a la iglesia.
La señora Asia Zorrilla, E. P. D., y Marisol Morla, ambas miembros de la iglesia, una vez que se enteraron del caso, no hicieron sino reírse. Eran otros tiempos.
Ambas ya conocían a mamá Petra por ciertos parentescos familiares que ahora no recuerdo y me aseguraron que estaría en buenas manos, que no me preocupara y que hablarían por mí con mi mamá en caso de que esta llegara al templo antes de que retornáramos de la tienda.
Hicimos el recorrido de cinco esquinas en silencio. Mamá Petra imponía respeto y cuidado. Todo el trayecto me llevó de la mano y me condujo hasta Almacenes del Este, para entonces una pequeña tienda por departamentos, donde finalmente compró el par de zapatos.
En la casa de mamá Petra
Para mi mamá fue todo un milagro. Días después, mamá Petra solicitó involucrarse directamente conmigo, a cambio de que estuviera en su casa mientras no fuera al colegio.
No era trabajo, era educación. Mamá Petra llevaba por nombre de pila Petronila Rodríguez y estaba casada con un comerciante del Cibao de nombre Amable Castillo. Juntos habían procreado siete hijos, todos ya adultos, cinco de los cuales vivían en Estados Unidos, una en Santo Domingo y solo uno permanecía en La Romana, aunque ya con su propia familia formada.
Pero el nido nunca estuvo vacío. Yo no era el primer hijo de adopción indirecta que llegaba a la familia. Antes de mí habían pasado por allí al menos dos jóvenes contemporáneos de los hijos del matrimonio —Alfredo y alguien llamado Kelvin, si la memoria no me falla, a quien nunca conocí—, además de Ángel Payano, que, para entonces, era levemente mayor que yo y ya tenía algunos años viviendo con la familia.
Era una casa de dos niveles, pensada en su diseño para albergar a los siete hijos de la familia, y con un amplio patio trasero donde el limoncillo, la cereza y las guayabas crecían en libertad.
También habitaba la casa uno de sus nietos, de nombre Charles, y esporádicamente otros dos, Paolo y Jennifer.
En la casa de mamá Petra aprendí a barrer, trapear, fregar, agarrar los cubiertos y el resto de la utilería de cocina, a poner una mesa, a comprar por mi propia cuenta en el supermercado y a atender clientes en una pequeña tienda que, a modo de entretenimiento, conservaba y donde vendía ropa y zapatos.
Comía todos los días en su casa y, dependiendo de la tanda del colegio —matutina o vespertina—, desayunaba o cenaba. Semanalmente me regalaba cincuenta pesos, los cuales aprendí a diezmar y ofrendar, a sacar una porción para mi abuela y mi mamá; utilizaba cinco o diez para comprar dulces, enamorar a las menores de la época y ahorrar el resto.
Ya para entonces tenía curiosidad por la lectura, pero fue con mamá Petra donde profundicé el hábito. Su hermano, Órbito Rodríguez, a quien casi todos decían tío Felín, era ya un intelectual consumado y me amisté con su hijo menor, Ángel Ciprián, que seguía sus pasos.
Gracias a Dios no existían las redes sociales para la fecha —creo que ni Hi5 todavía—, así que con Ciprián acordé tomar un libro prestado y, solo cuando lo leyera, devolverlo y tomar otro.
Solo diré que ese período sentó las bases para el posterior desarrollo de mi inteligencia natural: la lingüística. Leía entre tres y cuatro libros por semana. Mi período en la tienda se limitó a anunciar la llegada de clientes y luego sumergirme en los libros. Libros de todo; no importaba el tema, yo los devoraba.
Mamá Petra nunca se quejó de mis lecturas y me dejó ser. Incluso en mis difíciles años de adolescencia me soportó y, cuando, llevada por la ira ante una de mis travesuras, me expulsó de la casa, no dejó que pasaran doce horas para volverme a llamar con lágrimas en los ojos.
Bajo su cuidado me mantuve hasta los 16 años, cuando finalmente decidí mudarme a Santo Domingo para estudiar en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Con el paso del tiempo, uno de los grandes malditos, la enfermedad de Alzheimer, la afectó hasta que, hace pocos días, descansó en el Señor.
De mamá Petra aprendí a vivir en sociedad, a priorizar lo que debo por encima de lo que quiero, generosidad, paciencia, orden y equilibrio.
Podría desglosar cada una de esas características por separado, pero extendería demasiado este artículo. Quise escribir estas líneas para honrar la vida de una gran mujer que supo cómo vivir y que deja tras de sí el mejor de los legados: una vida sin tacha y que sembró siempre en buena tierra.
leídas