Realizar una república resiliente

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Federico Alberto Cuello Camilo

Los 193 miembros de la ONU se comprometieron en el 2015 con un enfoque común frente a los desastres naturales, el financiamiento al desarrollo, los objetivos de desarrollo sostenible y el cambio climático.

Cada uno de esos compromisos tiene en la resiliencia uno de sus principios rectores.

La resiliencia es la capacidad de un sistema (sea una persona, una empresa, una ciudad, un municipio o incluso un país) para resistir y adaptarse a los choques, al tiempo que gestiona las tensiones que confronta. Pueden ser de tipo sociopolítico, como cuando en barrios marginados o zonas rurales desfavorecidas se producen disturbios.

Por ello la importancia de promover las Mipymes, de conferir préstamos y de construir viviendas e infraestructura en áreas desfavorecidas.

Hay que ser resilientes, también, frente a los choques que inevitablemente nos trae la naturaleza, estando como estamos en la trayectoria de los huracanes y en la activa plataforma sísmica del Caribe.

Por ello la importancia de construir en zonas de bajo riesgo, de reconstruir mejor después de los siniestros y de promover a todo nivel una cultura de prevención.

Por el cambio climático, se esperan huracanes más fuertes y frecuentes, al tiempo que se eleva el nivel del mar, aumentando así aún más el riesgo que confrontan nuestras zonas costeras, particularmente nuestras playas y la industria sin chimeneas en ellas instalada.

Hay que ser resilientes, además, a los choques económicos, como ese que nos vino de fuera en el 2008, gracias al cual pasamos de crecer del 7% al 3%, a diferencia del resto del mundo que prácticamente colapsó.

Hay que ser resilientes, por último, con la gobernabilidad adecuada a cada nivel. Para asegurar la efectiva capacidad de respuesta frente a los desastres. Para evitar que por nuestra propia permisividad vuelvan a quebrar bancos, como en 2003, a un costo de 20% del PIB y más de un millón de nuevos pobres. Y para garantizar que las acciones de prevención, mitigación y respuesta frente a choques y tensiones como los enumerados se planifican y ejecutan descentralizadamente.

Junto a la consultora británica ARUP y el Intec, con financiamiento de la UE y el PNUD y a solicitud de los Ministerios de Economía y Hacienda, se inició a finales de 2018 el primer plan nacional de resiliencia que formula país alguno. Hasta entonces el tema se abordaba a nivel sectorial o, primordialmente, urbano.

Los aportes conceptuales de ARUP, por ejemplo, fundamentan el trabajo que realiza el club de 100 ciudades resilientes del mundo, de las cuales Santiago es la única dominicana.

Al llegar a Santiago los consultores de ARUP escucharon atónitos cómo los equipos del Consejo para el Desarrollo Estratégico (CDES) llevan años utilizando de manera creativa el círculo de la resiliencia que desarrolló ARUP a petición de la Fundación Guggenheim y que ellos, los consultores de ARUP, habían venido a promover.

Urge pues continuar con la formulación del plan nacional de resiliencia. Urge, aún más, realizar la resiliencia con una república de municipios como el que ya tenemos en Santiago.

Por Federico Alberto Cuello Camilo

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