Lunes, 26 de agosto, 2019 | 12:51 am

Puede que no estemos tan lejos…



Haber vivido los años anteriores y posteriores a la muerte a balazos del dictador Rafael Trujillo, aun se fuera un niño, resulta una época imposible de olvidar.

Cierro los ojos: los autos conocidos como “cepillos”, las enormes antenas, el ruido intermitente de los escapes en tanto las siniestras presencias al acecho en su interior aguardaban en las esquinas… poco después, en un brevísimo lapso de tiempo, las multitudes, furiosas, golpeando y matando a los beneficiarios, delatores y sicarios de la tiranía…

1962: la elección de Bosch, el golpe de Estado, el asesinato de Manolo, un gobierno vil y despreciable, las guerrillas de 1963, el alzamiento del 65 cuando el pueblo asaltó los cuarteles, e hizo justicia hasta donde le alcanzaron los ánimos.

Tras casi sesenta años de tantas peripecias, este oscuro e impredecible presente. Leo y releo a “Kaputt” y “La piel” de Curzio Malaparte, una multitud de seres humanos revolcándose espiritualmente en el fango y la degradación…
Entonces, un siquiatra cita “Las cartas a Evelina” y “La alimentación de las naciones” como libros de estudio “para conocer al dominicano” y esparcir la idea de que el nuestro es un pueblo con taras históricas lamentables que le impiden arribar a la luz, forjarse un destino mejor.

No, se equivoca el profesional y quienes así piensan. Este pueblo ama la tierra que le vio nacer, siente y proclama su nacionalidad y cultura, sus creencias.

Es un pueblo imaginativo, inteligente, alegre, ingenioso, amable, esforzado. Sí, y un pueblo que ha sido arrastrado a la ansiedad, a la tristeza, al desgarramiento, al desencanto y la frustración.

Pero ¿es el pueblo el culpable? Quienes lo creen y repiten es porque han olvidado lo ocurrido en 1844, en 1961, en 1963, en 1965, en 1984 y todas las derrotas históricas sufridas por los invasores del oeste. Sí, existe una culpa: la de haber tenido fe en aquellos que, al final, nos apuñalaron por la espalda.

Intrigantes, ambiciosos, potentados, los mismos políticos de siempre. Si el pueblo está desmoralizado y amargado no es porque sea un pueblo degradado e inútil, un pueblo sin ilusiones y sin esperanzas, un pueblo con mala suerte. ¿Quién no reacciona airado ante la traición, la mentira, la burla, la maldad y el engaño?

Esa actitud tiene un nombre: indignación. Ese pueblo no se resigna, se queja y protesta, no mira con ojos indiferentes los abusos, los atropellos, el enriquecimiento delictivo, la corrupción, la violencia social, la inseguridad, las transgresiones a sus leyes fundamentales.

Ese pueblo repugna de la mentira, de la politiquería barata, desprecia a quienes han vendido un presente y un futuro luminoso y justo, una vida decente y mejor, un país ordenado y civilizado, por un inmoderado plato de lentejas.

La inmensa mayoría de quienes nacieron en esta tierra desdeña el manejo turbio y desaforado de los dineros públicos, el endeudamiento irresponsable, la apatía oficial.

Esa mayoría aspira a un país con un sistema de justicia auténtico, instituciones vigorosas, que los recursos se destinen a eliminar radicalmente la pobreza, a crear empleos verdaderos, a la salud, la educación, la niñez, al futuro.

El dominicano sueña con ciudades hermosas, arboladas, tranquilas, seguras, un transporte eficiente, una niñez y una vejez satisfactorias, ríos limpios y protegidos, bosques tupidos y cuidados con amor, organismos policiales y militares rigurosos y apegados a la ley, con vocación ciudadana y patriótica, una frontera segura y amurallada donde penetre exclusivamente lo que conviene al pueblo, a la república, y no gente maleada cuyas costumbres, hábitos sociales, cultura y presencia repudiamos en lo más hondo de nuestras almas…

El dominicano aspira a vivir en libertad, en orden, con respeto, con progreso, en paz. Ese dominicano no ha muerto, pese a su apariencia desconcertada, triste, abatida.

Cuando despierte, y eso no está muy distante porque el ruido exterior es demasiado vehemente e inquietante, la historia del país dará un giro sorprendente y será entonces cuando los auténticos ideales nacionales y patrióticos aflorarán con un vigor y una fuerza que nadie podrá detener ni controlar nunca jamás…

Roberto Marcallé Abreu

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