¿Por qué nos cuesta detenernos para escuchar a Dios?

¿Por qué nos cuesta detenernos para escuchar a Dios?
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La rutina y el exceso de estímulos pueden hacer que pasemos por alto esos momentos cotidianos que nos invitan a detenernos y acercarnos a Dios.

Un hombre camina. No hay nada extraordinario en su trayecto: tierra, silencio, rutina. Todo parece repetirse con la exactitud de lo conocido. Hasta que, sin aviso, algo irrumpe. Un fuego que arde… pero no consume. Un fenómeno que no encaja en la lógica de lo habitual. Y en ese instante, la vida le presenta una posibilidad: continuar… o detenerse.

Y detenerse, a veces, es el acto más revolucionario.

Así comienza la historia de Moisés. No en un templo, no en una ceremonia, sino en la simpleza de lo cotidiano. Como si lo divino no necesitara escenarios sagrados para manifestarse, sino atención humana para ser percibido.

Quizás el error más persistente del ser humano ha sido pensar que lo trascendente habita lejos, en lugares reservados, en momentos extraordinarios. Pero la realidad parece susurrar lo contrario: lo eterno se disfraza de cotidiano, y solo se revela ante quien tiene la capacidad de interrumpir su inercia.

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Buscar a Dios

Acercarse a la divinidad, entonces, no es un acto religioso en su forma más superficial; es una decisión existencial. Es el momento en que el ser humano reconoce que hay algo más allá de lo inmediato, algo que no puede ser reducido a lo tangible ni explicado por completo desde la razón.

Hay en el hombre una especie de nostalgia silenciosa, una intuición de origen, una sensación de que no todo se agota en lo visible. Y esa intuición empuja, aunque muchas veces sin palabras, hacia lo divino. No como una evasión de la realidad, sino como una búsqueda de sentido.

Moisés pudo haber seguido caminando. La rutina tiene ese poder: anestesia la capacidad de asombro. Pero eligió acercarse. Y ese gesto, casi imperceptible, lo colocó en el umbral de una transformación irreversible.

Porque acercarse a Dios no es simplemente aproximarse a una idea superior, es exponerse a una realidad que reconfigura. No se trata de adquirir información, sino de entrar en una experiencia que reorganiza la vida desde adentro. Los valores se reordenan, la identidad se redefine, la percepción del mundo cambia.

Por eso, lo primero que Moisés escucha no es consuelo, es una llamada al despojo: “Quita el calzado de tus pies.” Como si la divinidad dijera: no puedes acercarte sin dejar algo atrás. No puedes permanecer intacto ante lo sagrado.

Hay en ese acto una verdad incómoda pero esencial: el encuentro con lo divino exige transformación. No se trata de añadir algo a la vida, sino de permitir que algo en la vida sea removido.

Detenerse y mirar

En una epoca saturada de estímulos, donde todo compite por nuestra atención, la capacidad de detenerse se ha vuelto escasa. Y sin embargo, es en ese detenerse donde lo eterno encuentra espacio para manifestarse.

Tal vez Dios sigue “ardiendo” en medio de nuestros caminos cotidianos.

Tal vez lo extraordinario no ha dejado de ocurrir… solo que hemos dejado de mirar.

Y más aún, hemos dejado de acercarnos. Porque al final, la pregunta no es si lo divino se manifiesta… sino si estamos dispuestos a interrumpir nuestra vida para encontrarnos con Él.



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Sobre el autor

Yovanny Medrano

Ingeniero Agronomo, Teologo, Pastor, Consejero Familiar, Comunicador Conferencista, Escritor de los Libros: De Tal Palo Tal Astilla, y Aprendiendo a Ser Feliz