Partidos políticos: rol e importancia

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Al tomar la decisión de asumir con todo el rigor una carrera política, muchos amigos y relacionados me cuestionaron, no por el fondo, pero si por la forma.

Tradicionalmente las figuras que, habiendo agotado una dilatada carrera artística o en los medios de comunicación, daban el paso a este mundo político de satisfacciones, servicio y desencuentros, asumían candidaturas a regidores, diputados, alcaldes o senadores y, automáticamente, la comunidad político-partidaria les otorgaba, simbólicamente, un boleto de ingreso.

Mi inserción ha procurado otra ruta, me incorporé a las filas del Partido Revolucionario Moderno y no he asumido, todavía, la vía electoral, para desarrollar mis inquietudes sociales y políticas. ¿Qué justifica la adhesión a un partido político para hacer carrera y causa común con su militancia? En el presente trabajo me permito explicar con mayores detalles los porqués, la necesidad del fortalecimiento de este instrumento democrático y, a su vez, vincularlo entre el gobierno y la sociedad como canalizador efectivo.

Importancia de los partidos
La certidumbre política, que se obtiene a través de los partidos, es una condición indispensable que permite a los ciudadanos, los mercados y las instituciones proyectarse hacia el futuro con optimismo y confianza. No surge de la espontaneidad, es, en gran medida, producto de sistemas de partidos consolidados que dotan a la vida pública de previsibilidad, alternancia ordenada y continuidad programática. Sin partidos fuertes, el poder se vuelve errático, personalista y vulnerable al capricho de coyunturas; con ellos, las sociedades disponen de estructuras que encauzan el conflicto político dentro de cauces institucionales y garantizan que los cambios de gobierno no signifiquen rupturas del orden, sino relevos civilizados de administración.

Partidos políticos: rol e importancia
Roberto Ángel Salcedo

A través de algunos ejemplos apreciaremos con mayor diafanidad su contribución al avance en sociedades desarrolladas.

El caso de los Estados Unidos es paradigmático: desde mediados del siglo XIX, el sistema bipartidista demócrata-republicano ha funcionado como un mecanismo de estabilización que, pese a sus tensiones internas, ha permitido más de ciento cincuenta años de transferencias pacíficas del poder, otorgando a la economía y a la sociedad norteamericana el marco de certeza que necesitaba para convertirse en la mayor potencia global.

En Europa, los ejemplos son igualmente elocuentes: Alemania, cuya reconstrucción democrática tras la Segunda Guerra Mundial se articuló en torno a partidos de masas como la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y el Partido Socialista (SPD), encontró en ellos los pilares de una estabilidad que hizo posible el llamado “milagro económico” y décadas de prosperidad sostenida.

El Reino Unido, con su secular alternancia entre conservadores y laboristas, ha demostrado que un sistema de partidos maduro puede absorber profundas transformaciones sociales sin sacrificar la gobernabilidad. Los países escandinavos —Suecia, Noruega, Dinamarca— han edificado sobre partidos socialdemócratas cohesionados algunos de los modelos de bienestar más exitosos del mundo, precisamente porque la solidez orgánica de esas organizaciones permitió establecer políticas de largo plazo más allá de los vaivenes electorales.

Esta trilogía que soporta cualquier proceso de transformación genuina en un sistema democrático: el gobierno que ejecuta, el partido que articula y la sociedad que demanda, propicia la integración participativa y colaborativa. Cuando estos tres elementos actúan en sincronía, se producen los avances históricos que los pueblos destacan durante generaciones. Cuando se disocian, sobreviene el estancamiento o, peor aún, la regresión disfrazada de gestión.

El desafío central de la tríada gobierno, partido y sociedad, radica en la tensión permanente entre tres lógicas: el gobierno actúa bajo la urgencia de los resultados, la legitimidad técnica y la rendición de cuentas institucional; el partido opera desde la cohesión ideológica, la disciplina militante y el cálculo electoral; y la sociedad se mueve por demandas concretas, identidades diversas y una desconfianza creciente hacia ambas estructuras.

El rol de los partidos en la sociedad
Los partidos políticos constituyen columnas vertebrales de la arquitectura democrática: no deben ser vistos sólo como vehículos electorales, sino como instituciones vivas que articulan la voluntad ciudadana, congregan intereses dispersos y los traducen en programas de gobierno capaces de transformar la realidad colectiva. En ellos reside la capacidad de convertir la demanda social en política pública y la aspiración popular en acción gubernamental.

Su fortaleza orgánica es, en buena medida, garantía de estabilidad institucional. Allí donde los partidos son sólidos, transparentes y programáticamente comprometidos, la democracia gestiona con mayor eficacia los bienes públicos que la ciudadanía exige: seguridad jurídica, inversión pública, oportunidades económicas y cohesión social.

De ahí que apostar al fortalecimiento de los partidos políticos no sea un ejercicio de interés corporativo, sino una necesidad estratégica de toda sociedad que aspira a crecer con equidad y a gobernarse con principios morales y de dignidad.

Como miles de dominicanos, abracé la causa del cambio representada en la figura de Luis Abinader y el Partido Revolucionario Moderno. Su llegada el poder en agosto de 2020 vino precedida por la necesidad de un ordenamiento de denuedo institucional, de honestidad administrativa y de visión estratégica de Estado. El PRM, en ese contexto, no se constituyó en una simple alternativa electoral. Fue una respuesta histórica.

En estos años de militancia he tenido el privilegio de recorrer el país e interactuar con un ejército de hombres y mujeres comprometidos con el fortalecimiento del partido para brindar, consecuentemente, el debido soporte a las ejecutorias gubernamentales que vienen impactando y transformando la vida de la gente.

El PRM ha demostrado ser, en este ciclo histórico de República Dominicana, algo más que una fuerza electoral mayoritaria: es la expresión organizada de un mandato popular que exige permanecer en el camino de la transformación y eficiencia institucional. El gobierno perremeísta ha convertido la confianza de los dominicanos en obras públicas, en desarrollo económico, en aumento de la inversión extranjera, desarrollo turístico, en más empleo y, sobre todo, en mayor institucionalidad democrática.

Por las razones expuestas, reconozco en los partidos políticos y, especialmente, en el PRM, donde ejerzo militancia, a una institución convertida en el mejor instrumento disponible para continuar transformando, desde adentro y con legitimidad, la realidad de una vibrante y laboriosa sociedad, como la dominicana.

Renovemos la fe en la política y en los partidos.