“No fue arrepentimiento”: qué hay detrás de los feminicidios que terminan con el suicidio del agresor
- En el primer semestre de 2026, 11 agresores se suicidaron después de cometer feminicidios íntimos, según Fundación Vida Sin Violencia.- Especialistas advierten que detrás de estos hechos pueden existir patrones de control, posesión, celos extremos y amenazas previas.-
Santo Domingo.– Cuando Dominga Jáquez recibió la llamada que le confirmó que su hermano había matado a su esposa y luego había muerto, la noticia no solo significó una tragedia para una familia.
También dejó una pregunta difícil de responder: ¿cómo puede un hombre llegar a matar a la mujer con la que compartió su vida y después quitarse la vida?
Días antes, Dominga había estado con su hermano. Lo había escuchado hablar de su separación, de la tristeza que sentía y de los pensamientos violentos que, según su relato, le había manifestado. Ella intentó convencerlo de que no se dejara llevar por esas ideas y buscó apoyo de otros familiares.
Sin embargo, la familia no imaginó que aquella preocupación terminaría convirtiéndose en una tragedia.
El caso ocurrió este martes en Hainamosa, Santo Domingo Este. Ramonita Aquino Aquino, de 37 años, fue encontrada muerta en una residencia y Jesús Jáquez Mora, de 50 años, señalado como su pareja o expareja, también fue hallado sin vida. Las autoridades investigan el hecho como un presunto feminicidio seguido de suicidio.
La historia de esta familia tiene además otra dimensión: dos adolescentes, de 14 y 16 años, quedaron afectados por la pérdida de sus padres. Jáquez Mora tenía además otros tres hijos, según relató su hermana Dominga Jáquez, quien aseguró que su hermano recibía tratamiento por problemas de salud mental y había sido internado en varias ocasiones.
También describió una profunda tristeza que, según ella, estaba relacionada con la separación de su esposa.
Dominga contó que en los días previos lo había visto llorar y hablar de su esposa, mientras atravesaban un proceso de divorcio. La familia conocía su situación y procuraba acompañarlo. Aun así, no imaginó que las expresiones que había escuchado terminarían convirtiéndose en una tragedia.
Y ese es precisamente uno de los elementos que suele quedar fuera de las estadísticas: después del feminicidio no termina la violencia. Quedan hijos, hermanos, madres, padres y familias intentando reconstruir una vida que cambió en cuestión de minutos.

Un patrón que se repite
El caso de Hainamosa no es aislado.
En julio, María Selmo Pierre, de 29 años, fue asesinada por su pareja, Adonis Ferrand Guzmán, de 32, en Los Casabes, Los Guaricanos. El hombre posteriormente murió por suicidio. De acuerdo con las primeras informaciones de las autoridades y declaraciones de un familiar, la pareja atravesaba conflictos de convivencia y celos. La investigación permanece abierta.
Dos meses antes, en Alma Rosa I, Santo Domingo Este, Esmeralda Moronta de los Santos fue asesinada por su expareja, Omar Tejeda Guzmán, de 48 años, quien posteriormente murió por suicidio. El caso adquiere una dimensión especialmente dolorosa porque, según reportes periodísticos, Esmeralda había acudido ese mismo día a una fiscalía de violencia de género en busca de protección.
Son tres historias diferentes, pero tienen un punto en común: la violencia ocurrió en el contexto de una relación de pareja o expareja y terminó con la muerte de la mujer y del agresor.
11 agresores se suicidaron en seis meses
Las cifras muestran que no se trata de una situación excepcional.
La Fundación Vida Sin Violencia contabilizó 47 feminicidios íntimos durante el primer semestre de 2026, un aumento de 74 % respecto al mismo período de 2025. Los crímenes dejaron 68 niños, niñas y adolescentes en la orfandad.
De esos casos, 11 agresores se suicidaron después de cometer el crimen. Además, 38 de las mujeres fueron asesinadas dentro de sus viviendas y 33 tenían 35 años o menos.
Por separado, la procuradora general de la República, Yeni Berenice Reynoso, informó en agosto que las estadísticas del Ministerio Público registraban 57 feminicidios en lo que iba de 2026. De esos casos, 35 correspondían a agresores que eran pareja de las víctimas y 17 a exparejas. La funcionaria también señaló que aproximadamente 23 % de quienes asesinan a su pareja posteriormente se suicidan.
Las cifras no son idénticas porque corresponden a registros y categorías distintas: la Fundación contabiliza feminicidios íntimos, mientras el Ministerio Público ofrece su propio registro oficial. Por eso no deben sumarse como si fueran una misma base de datos.
Pero ambas estadísticas apuntan a una realidad preocupante: el feminicidio seguido de suicidio representa una proporción importante de los casos de violencia letal contra las mujeres.

“No fue arrepentimiento”
Para la terapeuta familiar Miosotis Grullón, una de las claves para entender estos episodios está en el concepto de control.
La especialista explica que algunos agresores desarrollan una percepción distorsionada en la que dejan de ver a su pareja como una persona independiente y comienzan a considerarla como una pertenencia.
Cuando la mujer decide terminar la relación, establece límites o toma decisiones que escapan a ese control, el agresor puede interpretar la separación como una pérdida de poder.
En algunos casos, explica Grullón, el suicidio posterior al crimen puede convertirse en una última expresión de esa necesidad de control: él decide sobre la vida de la mujer y también sobre su propio destino, evitando que sean las autoridades, los tribunales o la sociedad quienes determinen las consecuencias de sus actos.
Por eso, la especialista llama a no interpretar automáticamente el suicidio del agresor como una muestra de amor, arrepentimiento o incapacidad para vivir sin la víctima.
El daño ya estaba hecho.
También pueden intervenir otros elementos, como la vergüenza, el temor a enfrentar las consecuencias legales y sociales, la impulsividad y la incapacidad para manejar la ira. Sin embargo, Grullón insiste en que no existe una única explicación para estos crímenes.
Antes del crimen pueden existir amenazas
Grullón y la terapeuta familiar Miosotis Grullón coinciden en que estos hechos no deben analizarse únicamente desde el momento del asesinato.
Detrás pueden existir antecedentes de celos extremos, control, aislamiento, violencia física, consumo problemático de alcohol u otras sustancias, amenazas de muerte o amenazas de suicidio.
Frases como “si me dejas me mato” pueden funcionar como una herramienta de manipulación dentro de una relación violenta. Cuando además aparecen amenazas contra la mujer, los hijos u otros familiares, el nivel de preocupación aumenta.
La terapeuta señala también que algunos agresores pueden presentar creencias rígidas relacionadas con la posesión, el honor y la masculinidad, bajo la idea de que perder a la pareja representa una pérdida personal que no pueden tolerar.
Pero hay algo fundamental: ninguno de estos factores justifica el crimen ni convierte a la víctima en responsable de lo ocurrido.
La separación puede convertirse en un momento crítico
Uno de los momentos que requiere mayor atención es cuando la mujer intenta terminar la relación.
Esto no significa que separarse provoque la violencia. La responsabilidad siempre corresponde al agresor.

Lo que ocurre, explica la especialista, es que un hombre que ha construido la relación alrededor del control puede reaccionar de manera más peligrosa cuando siente que está perdiendo ese control.
El caso de Esmeralda Moronta muestra precisamente por qué este momento merece especial atención. La mujer había acudido a denunciar a su expareja y posteriormente fue perseguida y asesinada.
La pregunta que deja el caso no es solamente por qué el hombre terminó matándola, sino también qué mecanismos de protección deben funcionar cuando una mujer da el paso de pedir ayuda.
El crimen no termina con las dos muertes
En los primeros seis meses de 2026, 68 niños, niñas y adolescentes quedaron en la orfandad por feminicidios cometidos por parejas o exparejas, de acuerdo con Fundación Vida Sin Violencia.
Son 68 historias que continúan después de que desaparecen las víctimas de los titulares.
Niños que deben afrontar la ausencia de su madre. En algunos casos, también la pérdida del padre. Familias que deben explicar lo ocurrido, asumir responsabilidades económicas y enfrentar un trauma que puede acompañarlos durante años.
La propia Miosotis Grullón ha advertido que los menores expuestos a violencia intrafamiliar pueden presentar ansiedad, depresión, estrés postraumático, problemas de sueño, dificultades de aprendizaje, retraimiento o conductas agresivas.
Por eso, hablar de feminicidio-suicidio solamente como “un hombre mató a su pareja y luego se suicidó” deja fuera una parte esencial de la historia.
La verdadera dimensión está en todo lo que queda después.
Una mujer asesinada. Una familia rota. Hijos que deben continuar sin sus padres. Y una sociedad que todavía necesita aprender a reconocer las señales antes de que la violencia llegue al punto de no retorno.