Neofilantropia y Trujillismo

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Tan grave es la deficiencia del Estado en lo que corresponde a derechos sociales en nuestro país, que por doquier encontramos instituciones y personalidades dedicadas a labor caritativa y filantrópica para ayudar a los desgraciados. Gran parte de los que se dedican a estas labores es gente bienintencionada y tocada por el más elevado humanismo. Pero también los hay traficantes del dolor y la miseria ajenas, demagogos sin escrúpulos que han encontrado una tabla de salvación sobre la cual poner a navegar sus iniquidades.

Uno de estos nuevos filántropos, que cada lector tiene el derecho de colocar entre los del primer o el segundo tipo, es el veterano diputado Leivin Guerrero quien, en una de las vistas públicas convocadas por la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados para debatir el proyecto de ley de su autoría que propone la creación de un museo para ensalzar al sátrapa Rafael Leónidas Trujillo, para mostrar la bondad de su proyecto proclama haber sido el primer diputado que construye una escuela en su provincia. Y de seguro, como otros, también tiene una ambulancia y regala cajas de muertos a los deudos que no tienen con qué enterrar a sus difuntos.

No ha de extrañarnos que sea el promotor de un proyecto para intentar lustrar la podredumbre. Muchos pichones de sátrapas tienen pesadillas en las que realizan sus egolatrías. Trujillo también se vanagloriaba de ser el primer presidente que hizo tal o cual obra.

A algunos he oído decir que Trujillo no era tan malo, como tampoco Balaguer, porque regalaban casas y juguetes a los niños. “Y, si lograbas hablarles, te sacabas la lotería porque te ayudaban”. El buenazo de Trujillo, en su cinismo, regalaba casas a familiares de sus víctimas y, por medio a cartas supuestamente enviadas por los ausentes, mantenía por años la ilusión de que los desaparecidos no eran más que andariegos que, en busca de suerte, habían decidido recorrer otras tierras.

El contexto neoliberal que ha promovido la privatización de todos los servicios y que ha minado las políticas públicas, abortando cualquier visión de inclusión social para los grupos más desfavorecidos económicamente, ha desdibujado los precarios contenidos de los modelos de protección social que las luchas sociales habían arrebatado al Estado y ha bloqueado la constitución plena del sujeto ciudadano. El desamparo en que han quedado los grupos mayoritarios y vulnerables constituye la materia prima del clientelismo para que personajes como este encuentren el escenario para dedicarse a todo tipo de actos demagógicos.

Aunque han sido proclamados con bombos y platillos, de todos los que han sido reconocidos como derechos económicos y sociales, sólo parece cumplirse a plenitud el derecho a la propiedad, sobre todo si es propiedad de los grandes. Los demás derechos consagrados en la constitución vigente, como la salud, la vivienda, el trabajo, la protección a menores, a discapacitados y personas de tercera edad, entre otros derechos, seguirán siendo letra muerta sin capacidad de impactar la realidad socio-humana en la que viven millones de personas, sacudidos por la más abyecta miseria, mientras la propia colectividad que sufre la exclusión siga conformándose con las migajas caritativas y filantrópicas de quienes quisieran que los pobres lo sean para siempre, “pues en un país de ciegos el tuerto es rey.”

Abundan en el país los “salvavidas” que no dejan de mirarse en el espejo añorando ser “perdonavidas” como lo fue “El Jefe”, en una nación donde los derechos inalienables han de ser mendigados. Mientras más humillado el ciudadano más manipulable y dependiente del que “reparte la suerte”. Un viejo truco para seguir dándose la buena vida.

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