Desde las guerras tras 1844, los crímenes por Trujillo de 1937 y las tensiones por la intención de Bosch de bombardear Puerto Príncipe en 1963, nuestro país no había estado tan crispado por su relación con el indócil vecino del oeste como en las últimas décadas, especialmente tras el magnicidio de Moïse hace cinco años.
Una fehaciente muestra del talento de Luis Abinader como jefe del Estado es su filigrana diplomática y política para asegurar la seguridad nacional. Las amenazas haitianas son un dilema poliédrico: frente a cada situación con dos alternativas surgen incontables facetas, matices y complejidades que hacen imposible satisfacer a quienes proclaman sus verdades sobre la incesante involución y creciente caos en Haití.
Necesitamos mano de obra, pero no que crezcan los asentamientos ilegales. Exigimos sellar la frontera por el tráfico humano, pero es archi-conocida la notoria corrupción impune en torno a la re-entrada de los deportados.
Queremos suplir al mercado haitiano, pero el comercio legal se dificulta por el contrabando y las bandas criminales. Entes foráneos exigen cumplir con los derechos humanos de inmigrantes ilegales, pero desconocen las disposiciones constitucionales sobre nuestra nacionalidad.
El aumento de la violencia en días recientes obligó al Gobierno a reforzar la presencia militar en la frontera, por su posible repercusión aquí. “Que la República Dominicana esté segura es mi responsabilidad”, reafirmó el presidente Abinader el sábado.
Su mantra de que “no hay solución dominicana a la crisis haitiana” ha concitado respeto y reconocimiento internacional. La indetenible disolución del Estado haitiano es un espejo de lo que debemos evitar para preservar la legalidad democrática y el progreso que tantos esfuerzos nos ha costado.
Politiquear zafiamente con el tema nos debilita. Luis ha sido más coherente y eficaz ante las amenazas haitianas que todos los demás presidentes de este siglo y casi todos los aspirantes que quisieran sucederlo.