Hay días en los que basta abrir las redes sociales, escuchar la radio, mirar la televisión o entrar a cualquier plataforma informativa para tener la sensación de que se está hablando de lo mismo.
Una declaración, un enfrentamiento, la vida privada de alguien, un video, una polémica o alguna tendencia absurda que comienza a circular en las redes puede terminar amplificada y alimentada por los propios medios de comunicación. Y así, sin darnos cuenta, contribuimos a darle relevancia a una persona, situación o incluso una intención que probablemente nunca la mereció, hasta convertirla en parte de la conversación pública.
Lo vemos, comentamos y compartimos. Buscamos qué pasó después, esperamos la respuesta de la otra parte y, cuando finalmente parece agotarse, aparece otro tema dispuesto a ocupar exactamente el mismo espacio. Mientras tanto, la vida continúa y también los problemas.
En República Dominicana tenemos suficientes asuntos importantes sobre los cuales mantener la mirada: el costo de la vida, la calidad de los servicios públicos, la educación, la seguridad, las oportunidades para nuestros jóvenes, la institucionalidad y tantos otros temas que inciden directamente en nuestra cotidianidad.
Fuera de nuestras fronteras ocurre algo parecido. El mundo atraviesa transformaciones económicas, políticas, sociales y tecnológicas que merecerían análisis y seguimiento. Sin embargo, muchas veces una polémica consigue más espacio que una decisión capaz de afectar la vida de millones de personas.
El problema no es solamente lo que estamos mirando, es todo lo que dejamos de mirar mientras tanto.
La economía de la atención
Vivimos dentro de una economía que convirtió nuestra atención en uno de los bienes más disputados. Plataformas, medios, marcas, figuras públicas, creadores de contenido y hasta actores políticos saben que conseguir unos segundos de nuestra mirada tiene valor.
Y nosotros participamos en ese juego cada vez que hacemos ‘clic’, pero, sobre todo, cada vez que compartimos.
A veces creemos que estamos denunciando algo cuando, en realidad, también estamos ayudando a multiplicarlo.
Es tiempo de ejercer algo que siempre he considerado indispensable, en especial en estos tiempos: el criterio.
Criterio para decidir qué consumimos, para determinar qué merece un comentario, para preguntarnos si realmente necesitamos compartir aquello que acaba de llegar a nuestro teléfono. Y criterio, también, para reconocer cuándo alguien simplemente está intentando capturar nuestra atención.
La próxima vez que aparezca el escándalo del día… porque aparecerá… quizás valga la pena detenernos antes de hacer ‘clic’, comentar o compartir y preguntarnos algo mucho más sencillo: ¿Realmente esto merece mi atención?
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