Menos machismo, menos feminicidios

Altagracia Suriel
Altagracia Suriel

Las alarmas del incremento de los feminicidios se siguen encendiendo. Estos hechos tenían una tendencia a la baja en los últimos años. Si creíamos que habíamos cantado victoria nos equivocamos. Van 22 feminicidios en el primer trimestre del año. Una cifra escandalosa.

Como destacan los estudios sobre violencia contra la mujer, el machismo es la principal causa de los feminicidios. Nuestra sociedad sostiene y promueve el machismo.
La civilización humana, desde su construcción se ha basado en una cultura antropocéntrica. El hombre sigue siendo el centro del poder, del culto, de comercio y el dueño de la familia.

En la construcción social que heredamos de nuestros antepasados, la mujer fue la gran ausente. Su visibilización en la especificación de los derechos humanos se evidenció como una deuda histórica de desigualdad, inequidad y discriminación.

La negación de la educación, del voto y la participación social de la mujer ejemplificó el predominio del macho que somete, domina o excluye en función de su hegemonía.

La violencia y los feminicidios siguen expresando esos comportamientos que son típicos de los machos del reino animal, no de hombres dignos y humanos cuya racionalidad se expresa no sólo en la afirmación de la libertad, sino de la empatía y en el ser con el otro, en reconocer al otro, en vivir con el otro y sentir con el otro.

Superando el éthos de la modernidad, la ética posmoderna nos compromete, como dice Zygmunt Bauman, a construir grupos morales en los que se incluye el matrimonio o las relaciones entre hombre y mujeres.

En ese contexto, la moralidad se constituye en freno de la libertad. No todo vale en esa construcción ética. El ser macho no es una expresión de libertad, sino de salvajismo.

La construcción de una sociedad en paz exige la existencia de más hombres y menos machos. Más hombres que valoren la vida, que cuiden de sus mujeres y de sus hijos, más hombres que lloren de alegría o de impotencia ante el mal. Más hombres que lleven a vacunar a sus hijos e hijas a los centros de salud o a las escuelas.

Más hombres que hablen de sus problemas y los compartan. Más hombres que realicen las tareas domésticas en condiciones de igualdad. Más hombres que amen a sus mujeres. Más hombres que construyan vida, paz y esperanza para la familia y la sociedad.

Sobre el autor

Altagracia Suriel

Columnista de El Día