“Mami, ¿es real?”: el día que cubrí la tragedia del Jet Set

Edilí Arias.
Edilí Arias.

A la una de la mañana entró el primer mensaje. Luego otro. Y otro más. Las alertas del celular no paraban. Era insistente, incómodo, fuera de lo normal. Mi esposo, medio dormido, me dijo: “apágalo, en ese grupo están muy intensos”.

Eran colegas de clase. Por un momento pensé hacerle caso. Pero algo esa intuición que a veces no falla me decía, revisa.

No lo hice de inmediato. Intenté volver a dormir. Pero a las tres de la madrugada me levanté a tomar agua… y revisé.

Ahí estaba todo.

Mensajes. Videos. Notas de voz. Y entre ellos, el de Fausto Polanco, editor de espectáculos, con una frase que todavía retumba en mi cabeza: “Se cayó el techo del Jet Set mientras cantaba Rubby Pérez, hay varios muertos”.

Primero fue el shock. Esa sensación de incredulidad que te paraliza unos segundos. Abrí otros grupos. Todos hablaban de lo mismo. Era real.

Encendí la computadora casi en automático. Llamé a Fausto. Revisé redes. Confirmé lo que no quería confirmar. Y entonces hice lo que tenía que hacer, fui a la habitación y desperté a mi esposo.

“Cielo, debo llegar al periódico… ocurrió una tragedia”.

Después llamé a mi madre. Tenía que dejar a los niños.

Ella no podía creerlo.

“Edilí, quédate en el Jet Set, eres la que está más cerca”.

Pese a que yo estaba en San Cristóbal la distancia por la hora eran unos 25 minutos.

Fue un un camino hacia el horror.

Eran horas de la madrugada cuando salí de casa. La ciudad aún dormía, pero yo sentía que todo estaba despierto.

Al llegar a la zona de la Ciudad Ganadera, ya no había paso vehicular. Tuve que dejar el carro y seguir caminando hasta la avenida Independencia.

Desde ahí, el panorama parecía sacado de una película de terror.

Gente llorando. Policías. Bomberos. Ambulancias. Miradas perdidas.

Y yo caminando hacia eso.

A medida que avanzaba, todo se volvía más perturbador.

El ruido de las sirenas era constante. Las luces rojas y azules iluminaban la oscuridad. Había mucha prensa, pero también había algo más fuerte, el dolor.

La cobertura que nadie quiere hacer

He cubierto muchas noticias. Algunas duras. Otras complejas. Pero esta… esta es de las que no quieres hacer.

Había lágrimas por todas partes.

Familias desoladas, sin importar la clase social. Todos iguales ante la tragedia. Todos buscando a alguien: un hijo, una madre, un hermano o un amigo que salió a citarse, sin saberlo con la muerte.

Vi la desesperación en los ojos de otros. La impotencia. El vacío.

También vi el trabajo incansable.

Equipos pesados removiendo escombros. Recuerdo claramente el momento en que una grúa levantaba una enorme viga de concreto. Era como si cada movimiento pesara toneladas de esperanza.

Los drones del 911, los rescatistas, los paramédicos… verdaderos héroes sin capa.

Y en medio de todo eso, pequeños gestos que no se olvidan: alguien ofreciendo una botella de agua, otro dando información, otro simplemente abrazando.

También estaban los otros. Los que buscaban cámaras. Los que querían protagonismo en medio del dolor.

Pero eso no lograba opacar lo esencial.

Como periodista, uno aprende a mantener cierta distancia emocional. A contar la historia sin involucrarse. Pero hay días en que eso simplemente no es posible.

Ese día fue uno de ellos.

Aun así, el compromiso estaba ahí.

Había que informar.

Aunque fuera la historia que no quería escribir.

Recuerdo la mezcla de emociones cada vez que lograban sacar a alguien con vida. Era un instante de alegría en medio del caos. Un respiro. Un aplauso contenido. Una esperanza que se negaba a morir.

Y también recuerdo el lado humano de quienes lideran.

El abrazo de la primera dama, Raquel Arbaje.
La presencia del presidente, Luis Abinader.

No eran solo figuras públicas. Eran personas acompañando el dolor.

Fue, sin duda, el día más lento, más triste y más doloroso que me ha tocado vivir.

El tiempo no avanzaba.

Cada minuto pesaba.

Cada historia dolía.

Y en medio de todo, mi teléfono volvió a sonar.

Era mi hijo.

“Mami, ¿es real lo que dicen en la televisión?”

No supe qué responder de inmediato.

Porque sí, era real.

Demasiado real.

La historia que no quería contar

Esa cobertura me cambió.

Porque más allá de los datos, de los titulares, de las cifras… lo que vi fue humanidad en su estado más crudo.

Dolor. Solidaridad. Esperanza.

Aprendí que hay historias que uno no quiere escribir, pero que debe contar.

Porque detrás de cada tragedia hay rostros. Hay nombres. Hay familias.

Y ese día, en el Jet Set, todos fuimos un poco más humanos.

Incluso en medio del horror.

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Sobre el autor

Edilí Arias

Periodista egresada de la Universidad O&M, apasionada por escribir sobre niñez, salud e historias humanas. Combina su amor por el periodismo con su afición por los deportes. Madre de dos niños, lo que le aporta una perspectiva cercana y sen...