Lo que la muerte nos muestra

Manuel Jiménez
Manuel Jiménez V.

Los años posteriores a la pandemia nos han dejado muchas lecciones. Algunas visibles, como los cambios en la economía o en la forma de trabajar. Otras, más silenciosas pero igual de profundas, tienen que ver con lo emocional.

En República Dominicana —como en buena parte del mundo— hemos vivido un período cargado de pérdidas, tensiones y una sensación constante de fragilidad que antes no era tan evidente.
Las familias, los grupos de amigos, los espacios laborales… todos han sentido el impacto.

Las relaciones ya no son exactamente las mismas. La cercanía, el afecto cotidiano, incluso la manera en que compartimos, parecen haber cambiado. Y no es casualidad. Hemos recibido golpes emocionales que, en muchos casos, nos han colocado al borde de necesitar atención psicológica o psiquiátrica.

La muerte, ese evento inevitable que forma parte de la existencia, hoy se siente más presente. No es que antes no doliera; es que ahora llega con una frecuencia y una intensidad que nos descoloca. Nos toma por sorpresa, incluso cuando hay enfermedades prolongadas o condiciones críticas. Aun cuando sabemos que el final puede estar cerca, la esperanza siempre juega su papel… y cuando la realidad se impone, el golpe es igual de fuerte.

Pero no se trata solo de lo individual. A las pérdidas personales se suman tragedias colectivas que cargan el ambiente de un peso difícil de explicar. De un día para otro, recibimos la noticia de que un familiar, un amigo o un conocido falleció en un accidente de tránsito.

En nuestro país, estos hechos se han convertido en una de las principales causas de muerte. Cada año vemos cifras alarmantes, y cada año repetimos la misma pregunta: ¿qué estamos haciendo mal?
Y como si eso no fuera suficiente, hay eventos que marcan a toda una nación. El 8 de abril quedará en la memoria colectiva por la tragedia del desplome del techo de la discoteca Jet Set, con un saldo devastador de víctimas y heridos.

Más allá de los números, lo que queda es el dolor de las familias, la incertidumbre, y una pregunta que sigue en el aire: ¿habrá justicia? Este tipo de acontecimientos no solo afectan a quienes los viven directamente, sino que impactan a toda la sociedad, generando angustia y desconfianza.

A esto se suma otro problema persistente: la violencia. En algunos momentos parece disminuir, pero luego vuelve a crecer. Los feminicidios, por ejemplo, siguen dejando una estela de dolor difícil de dimensionar. Niños que quedan huérfanos, familias destruidas, comunidades
En lo personal, estas reflexiones no son ajenas. La pérdida de seres queridos golpea de una manera que no siempre sabemos explicar. La partida de personas cercanas deja un vacío que no se llena fácilmente. Colegas, amigos, compañeros de vida… gente con la que compartimos conversaciones, consejos, momentos importantes.

Cada despedida es un recordatorio de algo que a veces preferimos ignorar: nuestra vida tiene un límite. No sabemos cuándo, no sabemos cómo, pero ese momento existe. Y aunque lo sepamos en teoría, en la práctica vivimos como si nunca fuera a llegar.

Quizás por eso estos tiempos nos están obligando a mirarnos por dentro. A revisar quiénes somos, cómo estamos viviendo, qué tipo de relaciones estamos construyendo. Nos invitan a volver a lo esencial: la familia, la amistad sincera, la solidaridad real.

Siempre hay tiempo para cambiar. Para corregir actitudes, para acercarnos a quienes hemos descuidado, para ser mejores en lo cotidiano. No se trata de grandes discursos, sino de acciones simples: escuchar más, acompañar más, juzgar menos.

Los tiempos que vivimos parecen confirmar una verdad antigua, presente en muchas tradiciones y creencias: la vida es pasajera, y lo verdaderamente importante no es lo que acumulamos, sino lo que sembramos en los demás. Oremos por los que ya no están.