Libertad de prensa

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Nassef Perdomo Cordero, abogado.

Quizás porque nuestra experiencia democrática es limitada, durante mucho tiempo los dominicanos hemos tenido una imagen idealizada de la democracia.

La asumimos como la ausencia de conflicto y no como lo que realmente es: una manera de administrarlos, reconociendo que son inevitables en la vida en comunidad.

Esa gestión de las ineludibles diferencias que surgen en la vida en comunidad tiene muchas herramientas. Algunas van dirigidas a contrarrestar los impulsos negativos provenientes de la sociedad; otros, a controlar el poder público y privado.

La libertad de prensa es, sin duda, una de las herramientas más útiles y necesarias para cumplir todos estos papeles. La libertad de prensa revela los abusos del poder económico, eclesial, político o de cualquier otro tipo.

Pone en la palestra las necesidades y opiniones de los ciudadanos, ayuda a al formación de la opinión en el debate público, cumpliendo con el valor epistémico que reconocía Carlos Santiago Nino a la discusión general de los problemas comunes.

El papel de la prensa en una sociedad democrática es, entonces, levantar las alfombras, buscar debajo de las piedras, abrir las ventanas, remover el polvo.

Todo esto en búsqueda de comparar el deber ser con el ser. Las teorías y discursos con la práctica, las intenciones con los resultados. Está para resaltar lo que todos queremos ignorar, para escudriñar en lugares incómodos, para decir verdades incómodas.

En pocas palabras, está para hacer realidad lo dicho por Louis Brandeis: que el sol es el mejor desinfectante.

Por eso, por muy molesta que resulte, la libertad de prensa debe ser siempre protegida por los demócratas convencidos.

Es cierto que las amenazas no provienen sólo de los gobiernos: el efecto devastador de la intromisión de las fortunas privadas ha sido alimento permanente de la teoría periodística.

Sin embargo, precisamente por su naturaleza pública, y la consecuente obligación de preservar el bien común, los gobiernos y sus representantes deben ser particularmente cautelosos.

No toda irritación justifica la puesta en marcha de mecanismos legales que en el contexto pudieran resultar excesivos.

Cualquier reacción saludable a la crítica que proviene de la prensa pasa por la introspección, es la mejor forma de evitar -por falta de mejor forma de ponerlo- meter la pata.

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