Liberalismo global del asombro

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José Mármol

Los derroteros de la institucionalidad democrática, particularmente en Latinoamérica, han de llamar a preocupación a los ciudadanos, especialmente a aquellos que vemos en la democracia, con sus virtudes y defectos, el régimen que permite la afirmación del liberalismo de la individualidad, el de más legítima libertad: la de expresar sin ataduras, a no ser las del marco de lo legítimo como cumplimiento a pies juntillas de lo legal, lo que se piensa, se cree y se desea, sin temor de ser reprimido, excluido, perseguido o estigmatizado.

La ambición velada de un poder omnímodo, solo revestido de institucionalidad democrática a través del derecho al voto, para salir del paso y luego escamotearlo, encarnada en actores políticos y sus hordas abanderadas, sin ideologías ni responsabilidad ética, han puesto en juego, frente a nuestro asombro, la libertad y la legalidad del Estado, anteponiendo sus intereses y propósitos personales, o bien objetivos partidarios, incluyendo su más deleznable acepción mercantil, a los derechos fundamentales de la ciudadanía y de la vida en sociedad.

La filosofía política se ocupa de estas cuestiones y procura arrojar luz sobre sus sombras.

El “Homo sacer” de Agamben da sentido al hecho de poder disponer, hasta eliminarla, de la vida de un individuo, sin que ello se convierta en homicidio, porque el Estado ha legitimado la supresión sin penalidad de esa vida.

Ahora, y por degradación de la política, podríamos hablar, si nos lo permitiera el filósofo discípulo de Nietzsche, Heidegger, Kafka, Benjamin, Foucault y Deleuze, de una suerte de Estado “sacer”, es decir, la agresión contra el estado de derecho, por parte de determinados actores políticos, hasta minar o diluir las bases del Estado democrático, sin que ello parezca una violación de los derechos adquiridos de los ciudadanos y de la institucionalidad, cuando estos lo que procuran, paradójicamente, es cumplir con la ley que han aprobado, en nombre y representación de la sociedad, los propios actores políticos. Luego, es la política como acción, y no como teoría o filosofía, la que está en crisis y descrédito en la globalización.

Este hecho deja ver con claridad la diferencia que el propio Agamben establece entre lo legal y lo legítimo como expresión de la quiebra de la legitimidad del poder. Hay Estados en los que la legalidad existe por cuanto se dictan y se cumplen las leyes. Pero, resalta al mismo tiempo, la inexistencia o déficit de legitimidad, porque los poderes fácticos y la acción política desbordan o burlan los límites establecidos por la misma legalidad como mecanismo de protección de la ciudadanía y del estado de derecho.

Así tiene lugar la bancarrota de la ética en el ejercicio de la política y del poder, que ha derivado en desconfianza de la sociedad en los actores políticos y también en los partidos como sus instituciones gregarias, como depositarios ambos de la confianza que se les había dado en administrar derechos, por voluntad legítima de la sociedad y por la institucionalidad del Estado.

Los espíritus más retrógrados, capciosos y escépticos pensarán en la gratuidad de invertir tiempo y recursos en aprobar leyes, que luego intereses políticos inconfesables van a sabotear y desprestigiar, en función de sus pretensiones coyunturales.

Estamos asistiendo a una concentración de poder, cuando la sociedad aspira a una dispersión del poder. Vivimos días de asombro en nuestra libertad globalizada.

Lo peor sería, que la memoria histórica nos devolviera a la época de Judith Shklar (1928-1992), en la que evitar la crueldad, lo condenable y el miedo al temor dieron fundamento a su noción de liberalismo del miedo, por fragilidad del Estado y un deleznable minimalismo moral en la práctica política.

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