Viernes, 22 de febrero, 2019 | 2:41 pm

La posmodernidad como vitrina



Actitudes como el recato o la moderación, tan propios del proceder en la vida pública y privada de otros tiempos, están hoy mandadas a guardar.

En la sociedad del giro digital, de la conectividad a diestra y siniestra, y de la hipertransparencia por medio de las pantallas totalizantes del cibermundo, antes que el miramiento, la reserva, el recelo, la prudencia, incluso, el encubrimiento por prurito o por doble moral, lo que prevalece es la exposición; es más, la sobreexposición, que llega, sin esfuerzo, a la obscenidad.

Vivimos la era de la tiranía de la visibilidad, que se apoya en el cercenamiento de la distancia o la supremacía de la ubicuidad y la aniquilación del tiempo lineal a causa del imperativo de la simultaneidad e instantaneidad del ámbito digital o del ciberespacio. Lo que Bourdieu y Baudrillard llaman pathos de la distancia es lo que padecemos como hiperaceleración, estado de la no duración o volatilidad, atolondramiento y disturbio como acepciones de la temporalidad.

La idea de sociedad de la transparencia desarrollada por Byung-Chul Han (2013) nos remite a una condición de modernidad tardía, por un exceso de positividad aditiva, que se opone a la negatividad creativa, narrativa, reflexiva o subversiva, en la que la nobleza ingenua de la noción de transparencia se transforma, se fetichiza, más bien, en hiperactividad, hiperproducción o rendimiento excesivo y en hipercomunicación, todas degradadas, en detrimento de la vida auténtica y a favor del espectáculo y la evasión de la identidad.

Lo transparente es reducido a lo operacional, calculado, dirigido, uniforme, acelerado y controlado. Es decir, al infierno de lo igual, donde transparencia equivale a uniformación y aceptación acrítica de lo establecido. Lo expuesto es, en consecuencia, lo sin vida, lo desnudo como naturaleza muerta, porque el valor de ser visto, aun raye en la pornografía, supera el valor de vivir, crear y pensar.

Para comprender y lidiar con la normativa de un mundo transparente, en el sentido explicado, el periodista y estratega en comunicación, innovación y cambios tecnológicos del mundo empresarial Sergio Roitberg, fundador y CEO de la consultora Newlink, ha publicado su ensayo “Expuestos” (2018).

Dos conceptos clave guían la reflexión del autor por las complejas sendas de un mundo hiperconectado, en el que los individuos ya no somos simplemente targets o blancos de una comunicación lineal, sino actores empoderados e informados que actuamos bajo nuevos paradigmas caracterizados por la velocidad, la transparencia, la colaboración y la conciencia social.

Esos conceptos pivotes son: Pensamiento Orbital y Propósito Compartido. El primero remite a la posibilidad de un conocimiento ilimitado, facultado por la innovación disruptiva en los planos tecnológico y social, sobre todo, con la fabricación incesante de nuevos artefactos, el desarrollo de la inteligencia artificial y la googleización, facebookización y uberización de la vida cotidiana; mientras que el segundo concepto, evolución de la noción de propósito en Simon Sinek (2009), lleva este al contexto de una sociedad caracterizada por la colaboración, el compartir información y políticas de vida, de modo que el individuo y las instituciones deben procurar conocer el por qué, la razón de ser de lo que hacen, para, expandiéndolos y socializándolos, poder conjugar el interés particular con el interés general o colectivo como único recurso viable a la sobrevivencia.

El Propósito Compartido de Roitberg es comparable a la idea de Valor Social Compartido del consultor y estratega Italo Pizzolante que, mediante la inversión socialmente responsable, no solo blinda la continuidad de las empresas e instituciones en su misión, sino que, además, hace posible la sostenibilidad a través del logro de un equilibrio fértil, con fundamento humano, entre el interés particular y el general. (Continuará).

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