Domingo, 19 de mayo, 2019 | 7:05 pm

La pobreza no la creó Dios, entonces ¿quién la creó?



*Por César Aybar

Nunca he podido entender ese deseo loco del ser humano de querer acumular bienes materiales muy por encima de su capacidad de gastar, aun dándose todos los lujos del mundo en mil años de existencia, si se le permitiera vivir todo ese tiempo.

¿Cómo es posible que teniendo un horizonte de vida promedio de no más de ochenta años, el ser humano obstinadamente se afane para acumular mucho más de diez veces lo que consumiría en su vida, aun dándose todos los lujos que podamos imaginar?

El proceso de acumular en sí, es un proceso que genera inequidad, pero una inequidad equilibrada es necesaria, en tanto la espiritualidad del ser humano tenga niveles de desarrollo que no les permita comportarse al nivel que han sido creados.

El ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios, es decir que posee en potencia, todas las capacidades del Creador; pero sin Dios no es capaz de poder desarrollarlas. El equilibrio se rompió en la existencia del ser humano, cuando éste decidió romper la conexión con Dios y usar su libre albedrío para hacer lo que él creyera que le conviene.

Ahí entró el pecado al ser humano y, a través de éste, al mundo. El pecado consiste en tener una visión egocéntrica de la vida. Creerse la persona que es el centro de la creación, y que todo cuanto fue hecho debe pertenecer a él, aunque para eso tengan que sufrir y morir los demás.

En ese sentido se crea en el subconsciente del ser humano la siguiente convicción: no soy lo que soy, soy lo que tengo. Por tanto, la vida consiste en acumular todo lo que se pueda, sin importar las consecuencias, pues acumulando dinero y bienes materiales, logro lo que quiero y lo más importante: el reconocimiento de la sociedad.

Ante tal realidad, el mismo ser humano se dio cuenta que si no se organizaba y ordenaba de alguna manera esos deseos destructivos, terminaría autodestruyéndose como especie, porque aplicando sin control la ley del más fuerte, hasta el más fuerte, solo, terminaría siendo débil en la naturaleza y moriría.

El problema es que el ser humano decidió organizarse no tomando como base la Ley propuesta por Dios (el amor), sino la propuesta por el pecado ( el egoísmo), con la cual terminaría siempre predominando la ley del más fuerte, pero de una manera organizada, que permita prolongar la existencia de la humanidad.

Esta forma de organización produjo grupos sociales, unos dominantes (los más fuertes) y otros dominados (los más débiles), donde los más fuertes se han mantenido acumulando las riquezas, mientras los más débiles, perdiendo bienes y siendo cada vez más pobres.

Así es como se han venido desarrollando las sociedades del mundo históricamente, hasta la sociedad de hoy, organizada fundamentalmente bajo el sistema que conocemos como capitalismo, sociedad basada en la propiedad privada sobre los medios de producción.

En este tipo de organización se reconoce el capital como generador de riqueza (no al ser humano). Solamente cuando se considera al ser humano como capital, se puede decir que este es generador de riquezas; pero el dueño de las riquezas es también el dueño del capital, entonces, el ser humano no puede considerarse capital, porque eso sería esclavitud, y ésta supuestamente fue abolida casi en su totalidad en el siglo XVIII.

Bajo esa premisa fue que dije párrafos atrás que el proceso de acumular en sí, es un proceso que genera inequidad, pero una inequidad equilibrada es necesaria, en tanto la espiritualidad del ser humano tenga niveles de desarrollo acorde a los propósitos de su creación.

El problema está en que la evolución del ser humano tanto individual como en sociedad, no apunta hacia un desarrollo espiritual ascendente que le permita trascender la visión material que tiene de la existencia, sino todo lo contrario.

En ese sentido, se ha acentuado el afán de lucro y de acumular de los seres humanos, creando desequilibrios cada vez más peligrosos en las sociedades y en la naturaleza, lo que podría llevar a una crisis sin retorno que termine con la aniquilación de nuestro mundo.

Dios creó la tierra con todos sus bienes y se la dio al hombre para que viva en ella, la cuide, trabaje y saque de ahí su sustento. En ese sentido, todos tenemos parte de lo entregado por Dios. Tal vez por eso la idea de que a cada cual se le entregue según su necesidad.

Dios no creó al pobre, el ser humano ha generado al pobre y además, ha generado en él una mentalidad y una cultura de pobreza tanto espiritual, como material. No es que el pobre es un santo, no; el pobre es una persona llena de defectos igual que cualquiera de nosotros. Pero el pobre ha sido siempre y es el más débil, por eso los pobres necesitan atención especial, necesitan ser amados y tomados en cuenta, ser valorados y dignificados.

Vale la pena detenerse y reflexionar, más que eso, es necesario contenerse y reflexionar, porque si al menos fueran felices los que acumulan, pero no los son, entonces ¿qué sentido tiene acumular sin medida, haciendo sufrir carencias a los menos afortunados?

¡Que locura! Afanar y acumular para sufrir un vacío interminable dentro y una sensación de inseguridad permanente, es decir reír y disfrutar sin ser felices, y a la vez, generar riquezas para crear pobreza, sufrimiento y marginalidad a otros seres humanos.

*El autor es investigador científico y empresario de agronegocios.

César Aybar

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