La llama de los valores
El inicio del recorrido de la antorcha de los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe no es sólo un acto protocolar ni un símbolo deportivo. Es, sobre todo, una oportunidad para encender la conciencia colectiva de una sociedad que necesita reencontrarse con sus valores.
La denominada “Ruta Wiche García Saleta” ha incorporado como novedad convertir el trayecto de la llama en un vehículo de promoción de principios esenciales, como la honestidad, la disciplina, la solidaridad y la persistencia.
No se trata de una simple consigna.
Es una apuesta que, bien asumida, puede trascender el calendario deportivo y dejar una huella en la cultura cívica del país.
La llama, en su simbolismo universal, representa continuidad, compromiso y legado. Pero en el contexto actual dominicano también nos recuerda que el desarrollo de una nación no se sostiene únicamente en obras, cifras o eventos, sino en la calidad moral de sus ciudadanos.
No es un secreto que la sociedad dominicana vive un momento en el que los antivalores parecen ganar terreno.
La cultura del atajo, la justificación de lo incorrecto cuando resulta conveniente y la pérdida de referentes éticos se sienten con una intensidad que resulta, en muchos casos, lastimosa.
Frente a ese panorama, cualquier esfuerzo que coloque los valores en el centro del discurso público merece atención y respaldo.
Los Juegos Centroamericanos y del Caribe tienen, por naturaleza, una vocación integradora. Son un punto de encuentro entre naciones, culturas y generaciones. Pero su impacto más duradero no necesariamente estará en las medallas ni en los récords, sino en la capacidad de inspirar conductas y reafirmar principios.
Si esta iniciativa logra que, aunque sea por un momento, el país se mire a sí mismo desde la perspectiva de los valores, entonces habrá cumplido una misión que va mucho más allá del deporte.