La libertad de lo imposible
En estos días estaba leyendo un reportaje sobre Byung-Chul Han, un filósofo surcoreano que vive en Alemania y que es conocido por su libro “La sociedad del cansancio”. Me interesó mucho saber qué piensa y me encontré con algo que ya he compartido en otras ocasiones: el exceso de positivismo impuesto que nos rodea.
Este filósofo va más allá, porque relaciona este positivismo directamente con la depresión, una enfermedad que califica como social y no individual. Nos dicen que somos libres, que todo depende de nosotros. Pero esa libertad tiene una trampa silenciosa: si todo es posible, entonces todo lo que no logramos también es culpa nuestra. Así, el fracaso deja de ser una circunstancia y se convierte en una carga personal. Nos volvemos jueces implacables de nosotros mismos.
En esta cultura del rendimiento, la vida se transforma en una carrera sin meta clara. Las expectativas crecen sin parar, cada vez más altas, más perfectas, más difíciles de alcanzar, con un entorno perfecto que nos pide ser perfectos. Y cuanto más ideal es el objetivo, más probable es la frustración. No porque no seamos capaces, sino porque el estándar es inhumano.
Lo más preocupante es que ya no hace falta que nadie nos exija desde fuera. Hemos interiorizado esa voz que insiste: “Todavía puedes más”. Y la repetimos, incluso cuando estamos agotados.
Entonces ocurre algo inevitable: llega un punto en el que ya no podemos más y, en lugar de comprenderlo, nos culpamos. Tal vez la verdadera crisis no sea la depresión en sí, sino la incapacidad de aceptar nuestros límites.
Quizá la respuesta no esté en seguir empujando, sino en aprender a parar sin culpa, porque en un mundo que insiste en que nada es imposible, reconocer que no todo lo es, puede ser, paradójicamente, el primer acto de libertad.
