La forma de opinar
Las redes sociales han traído algo muy interesante: todos tienen una opinión. Y eso, en esencia, estaría perfecto si no fuera porque la gran mayoría la utiliza como si fuera una verdad absoluta y no se abre a pensar que puede haber un punto de vista diferente.
Y luego está el “todo vale”. “Total, lo digo en redes sociales, no pasa nada”; y si tengo un perfil anónimo, más todavía. El respeto ha pasado a ser un valor en extinción. Ahora es: “Yo opino, tú me apoyas o te callas”. Y la verdad es que es agotador. Así que mi algoritmo está lleno de recetas, videos de perros y gatos y recomendaciones de series y películas.
El otro día me di cuenta de que paso por encima de todo lo que implique a alguien criticando, esté o no de acuerdo con lo que pudiera decir. Me tienen saturada porque, si fuera para aportar alguna solución, si estuvieran abiertos a respetar al que no opina igual, me sumaría feliz al debate.
Escucharía, daría mi parecer y me iría tan tranquila a dormir. Pero sólo veo ataques, ira, personas total y completamente radicalizadas que se desahogan en una red social y que, seguramente, lo hacen para no enfrentarse a su propia vida. Porque no creo que alguien que sea feliz se dedique a despotricar en redes sociales todo el día.
Y cuando releo lo que he escrito, me da pena. Siempre he creído en el equilibrio, la igualdad y las oportunidades para todos y lo seguiré haciendo. Pero lo que no voy a hacer es sumarme a esta ola de opiniones encendidas, sin atisbo de diálogo, que repiten como papagayos casi siempre lo mismo.
Que conste que no hago distinción entre una postura u otra. Todo el mundo lo está haciendo, pero nadie lo reconoce.
