JERUSALÉN, Israel.-Israel se vanagloria de ser la única democracia de Medio Oriente y nunca deja pasar una ocasión de denunciar la ausencia de normas democráticas en sus vecinos árabes, pero el Estado hebreo sigue sin ninguna simpatía la rebelión popular contra el régimen autocrático de Egipto.
Un gran número de dirigentes en todo el mundo, empezando por el presidente estadounidense Barack Obama, han expresado su apoyo al levantamiento en Egipto, que presiona a un poder autoritario en el poder hace 30 años. Pero los mandatarios israelíes no.
En un primer momento, los oficiales guardaron un silencio prudente antes de alertar de forma unánime de los riesgos de "inestabilidad" regional.
"Mire lo que pasó en Irán", donde la revolución en contra del Shah desencadenó en el régimen de los ayatolás, advirtió el primer ministro, Benjamin Netanyahu. Hay "dos visiones (…) la del mundo libre y la del mundo radical. ¿Cual ganará en Egipto? La respuesta es crucial para el futuro de Egipto, de la región y para nosotros, aquí, en Israel", subrayó Netanyahu en un discurso en el parlamento.
"Mire lo que pasó en Gaza", donde las elecciones de 2006 desembocaron en un gobierno palestino dirigido por los islamistas de Hamas, advirtió el presidente Shimon Peres.
"Si, tras las elecciones, tenemos una dictadura religiosa extremista, ¿para que sirven esas elecciones democráticas?", se preguntó el Premio Nobel de la Paz, que aboga sin embargo desde hace años a favor de un "nuevo Oriente Medio".
El guía supremo de Irán, Alí Jamenei, llamó el viernes a los egipcios a seguir con su revuelta hasta la instauración de un régimen islámico.
Pese a una cobertura mediática más bien favorable a las manifestaciones anti-Mubarak, los judíos israelíes parecen desconfiar de las perspectivas de libertad en el mundo árabe.
Según un sondeo publicado el jueves, el 59% de ellos están convencidos que un "régimen islamista" va a suceder al presidente Mubarak, en contra del 21% que esperan un "régimen laico democrático".
Dos de cada tres israelíes estiman que una caída del régimen de Mubarak tendrá consecuencias negativas para Israel.
El mantenimiento del statu quo en Egipto es considerado por una mayoría de israelíes como el mejor medio de preservar el tratado de paz firmado en 1979 por el predecesor de Mubarak, Anwar el Sadat, al que el acuerdo le costó la vida, dado que murió dos años más tarde en un atentado islamista.
Este tratado, que en principio debía desembocar en una solución global para Oriente Medio, quedó debilitado, según la opinión pública egipcia, por el mantenimiento de la ocupación israelí y de la colonización de los territorios palestinos.
Pese a sus limitaciones, esta paz ha resistido a las dos guerras en Líbano y a las dos intifadas palestinas.
Frente a Irán, bestia negra de Israel, el régimen Mubarak supone un verdadero aliado estratégico cuya pérdida sería todavía más temida, dado que ocurriría tras la espectacular degradación de las relaciones con Turquía.
Para Israel, el peor escenario sería que Egipto cayera en el bando contrario, sobre todo si lo hiciera a continuación Jordania.
El Estado hebreo se encontraría entonces de nuevo en la situación de asediado que prevalecía antes de la guerra de junio de 1967.
"Es la peor pesadilla para los hombres encargados de defender a Israel", reveló el corresponsal militar de la televisión pública, Yoav Limor.
"Un regreso a una situación de confrontación tendría el peor impacto sobre nuestras existencias", escribe el diario Yediot Aharonot. Aunque concluye que "si la democracia es buena para nosotros, también debe serlo para los árabes".