El pasado sábado, Estados Unidos conmemoró el 250 aniversario de su independencia. Este tiempo transcurrido, matizado por agrias luchas, desencuentros, esfuerzos, fricciones, visiones sobre las libertades publicas y desarrollo, han hecho de esta nación de emigrantes, la principal potencia económica, tecnológica y militar de todo el mundo.
Dos siglos y medio nos separan de aquel cuarto día del séptimo mes de 1776, en el que trece colonias, dispersas a lo largo de la costa atlántica de Norteamérica, se atrevieron a proclamarse libres del imperio más vigoroso de su tiempo. Pero la independencia estadounidense no fue un hecho fortuito movido por el azar: fue la culminación de dilatados y engorros procesos de asentamientos, conflictos, adaptaciones y maduración política que, me permito, como amante de la historia de esta nación, reconstruir en el presente trabajo, para poder medir el alcance y la complejidad de su evolución y devenir histórico.
Primeros asentamientos
Todo inició a principios del siglo XVII, en 1607, cuando un grupo de colonos ingleses fundó Jamestown, en Virginia, el primer asentamiento inglés permanente en Norteamérica. Aquellos años fueron dominados por el hambre, la enfermedad y una relación tensa y ambivalente con los pueblos originarios. Trece años después, en 1620, la embarcación Mayflower atracó en las costas de Massachusetts, con un grupo de disidentes religiosos llamados peregrinos, portando consigo el Mayflower Compact: un pacto de autogobierno que, aunque modesto en su alcance, sembraría la semilla que germinaría siglos después, donde se colocaba la idea de que el poder político podría fundarse con el consentimiento de los gobernados.
De estas dos concepciones, la mercantil de Virginia y la religiosa de Nueva Inglaterra, se desprendería, a lo largo del siglo XVII, un mosaico de trece colonias con temperamentos y rasgos propios: las colonias del sur, agrarias y esclavistas; las de Nueva Inglaterra, mercantiles y puritanas; y las colonias intermedias, como Pensilvania y Nueva York, más plurales y tolerantes. Esta diversidad explicaría después, tanto la dificultad para unificar una causa común frente a la Corona, como la riqueza institucional que, paradójicamente, terminaría por robustecer al futuro Estado federal.
La guerra de los siete años y su implicación con el futuro
La primera gran prueba de fuego colectiva llegó con la Guerra Franco-India, llamada también la Guerra de los Siete Años que inició en1754. Las colonias movilizadas, con un joven oficial virginiano que atendía al nombre de George Washington, incluido, junto a las tropas británicas contra Francia y sus aliados indígenas, descubrieron por vez primera una forma de cooperación intercolonial y, al mismo tiempo, palparon el peso de la maquinaria militar y fiscal del imperio. La victoria británica, lejos de traer sosiego, inauguró la crisis: la Corona, endeudada por la guerra, decidió que las colonias debían costear su propia defensa.
Fue entonces cuando, por la introducción de nuevas legislaciones, que la relación entre Londres y sus colonias americanas comenzó a resquebrajarse. Leyes como la del azúcar de 1764: una figura impositiva de recaudación, que buscaba evitar el contrabando de azúcar, también conocida como Ley de Ingresos Americanos. La ley del timbre de 1765; el primer impuesto directo y específico dirigido a las trece colonias americanas, que exigía que la mayoría de los materiales impresos se produjeran en papel sellado importado de Londres, y timbrado con un sello fiscal en relieve. Esta decisión condujo a una indignación que trascendía lo fiscal; lo colocado en juego era el principio de representación.
"No taxation without representation" era la formulación de un reclamo constitucional profundo, heredera de la tradición whig inglesa, que cuestionaba la legitimidad de un Parlamento en el que las colonias no tenían ni asiento ni influencia.
La Masacre de Boston en 1770, el Motín del Té en 1773 —cuando un grupo de colonos, disfrazados de Mohawks (indígenas norteamericanos), arrojó al puerto cargamentos enteros de té de la Compañía de las Indias Orientales— y las llamadas Leyes Intolerables de 1774, con las que Londres pretendió castigar a Massachusetts, terminaron por convencer a las colonias de que su destino tendría decidirse en unidad. En septiembre de 1774 se reunió en Filadelfia el Primer Congreso Continental, y para 1775, cuando estallaron los primeros disparos en Lexington y Concord, la guerra ya era un hecho consumado, aunque la independencia formal tardaría todavía un año en proclamarse.
El camino de la libertad
El 4 de julio de 1776, el Segundo Congreso Continental adoptó la Declaración de Independencia, redactada por Thomas Jefferson y un grupo de ciudadanos comprometidos. Más allá de su función política inmediata, de romper el vínculo con la Corona, el documento articuló un lenguaje filosófico de alcance universal, que proclamaba derechos inalienables a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
La libertad, en el imaginario estadounidense, no se concibe únicamente como ausencia de coerción, sino como la posibilidad activa de autogobierno, de empresa individual y de disenso público sin temor a represalias. Este valor se ha convertido en núcleo de una identidad nacional que trasciende diferencias étnicas, religiosas y regionales. Sin embargo, esta libertad ha sido históricamente desigual en su aplicación —basta recordar que la esclavitud coexistió con el ideal de que “todos los hombres son creados iguales”— lo cual ha generado tensiones permanentes entre el principio declarado y su realización práctica; desavenencias que ha impulsado sucesivas oleadas de reformas sociales y ampliación de derechos civiles a lo largo de su existencia democrática.
En la conmemoración de este 250 aniversario, cito el libro, “La Construcción de EEUU” de Jordi Figuerola Garreta, que dice: “Para Estados Unidos la libertad no es un ejercicio de nostalgia, sino una invitación a la renovación cívica”. La fortaleza histórica del proyecto estadounidense ha residido en su capacidad de autocorrección, en su disposición a reinterpretar sus ideales fundacionales a la luz de cada época. El verdadero legado de los padres fundadores ha ido más allá de un texto estático, ha sido un método: el de una nación que se cuestiona a sí misma sin renunciar a la fe en su proyecto original.
Felicidades al pueblo estadounidense por este nuevo aniversario de su independencia.