Lunes, 22 de abril, 2019 | 2:22 am

Identidad y populismos singularistas



Los movimientos y partidos ultraderechistas y, por lo regular, xenófobos de Europa, como también el nacionalismo racista en Estados Unidos y la mezcla de supremacismo lingüístico y cultural revestido de separatismo ilusionista e ilegal que vemos enarbolar en otros países del mapamundi, parecen tener, a pesar de sus diferencias de matices, un denominador común.

Se trata de la fibra, la ultrasensible cuestión identitaria y cómo hacerla objeto de las manipulaciones discursivas e ideológicas a favor de causas, la mayoría de las veces, inconfesables o pactadas con los fantasmas de la superioridad racial, el orgullo nacional, el poderío económico-militar y las políticas y los líderes fuertes que garantizan, a la vez y demagógicamente, el porvenir y las raíces históricas en estado químicamente puro.

El ingrediente seductor de las masas indignadas y desconfiadas frente al curso de los sistemas de partido tradicionales, además, golpeadas por crisis económicas asociadas a la quiebra de la ética en los grandes negocios y la ceguera moral del humanismo “prêt-à-porter”, es el de preservar los significados de la historia contada, a veces en forma distorsionada, en base a los grandes relatos convencionales del heroísmo, la grandeza como nación, la patria como prebenda del nacimiento, las raíces históricas y culturales, la religión oficial, la lengua de los ancestros, y todos ellos como si fuesen estamentos duraderos, eternamente inamovibles, heredados o dados como regalo por el candor de un origen y un destino comunes.

El fenómeno se ha visto agravado en el discurso político, y radicalmente ideologizado, debido al incremento de los flujos migratorios masivos, producto de la desigualdad, la pobreza y las guerras, problema que desde el pasado siglo se pronosticaba como el de mayor peso a lo largo del presente siglo XXI.

El hecho acusa, también, una particular paradoja. Los Estados nacionales, agonizantes de por sí, aspiran a ser tomados en cuenta en los procesos de globalización del comercio, la política, las tecnologías y el conocimiento, pero al mismo tiempo, quisieran mantener seguras y cerradas sus fronteras ante la eventual amenaza, que es en el fondo aporofóbica (es decir, de rechazo a los pobres por ser pobres, y no solo por ser inmigrantes), de la llegada de extranjeros.

Hay, a todo esto, una paradoja adicional, y es que esos Estados nacionales, cada vez más debilitados en sus políticas locales por los poderes globales, presentan economías en crisis y necesitadas de la mano de obra inmigrante, por ser más ventajosa en la relación costo-beneficio.

Presumen de singularistas, auténticos, únicos en un mundo cada vez más plural, de mayor volatilidad identitaria y de creciente e incontenible diversidad. Las fragmentaciones identitarias no resuelven problemas de conjuntos sociales.

Los políticos extremistas acomodan estos mensajes que, desafortunadamente, no logran ser decodificados con objetividad por los grupos sociales que se sienten defraudados por las promesas incumplidas de la modernización y los sistemas jurídico-políticos.

La llamada política de la identidad, si no se la toma con pinzas, podría derivar en una coartada.

El populismo, como presunta ideología salvadora de lo que se asume como singular y propio, teñido de xenofobia, mixofobia, proteofobia, culturalismo o comunitarismo superiores y otras hierbas narcóticas, suele borrar esos matices para superar los desafíos tramposos de la política de la identidad, y convertirla en una gran nueva promesa, creando de una vez la ilusión dogmática de un destino particular, cuya patente fue labrada por los ancestros de patriotismo más puro, y si no, por una manipulación, desde las mismas instancias del Estado, de la educación, la historia, la dictadura de la lengua originaria, entre otros recursos doctrinarios, útiles en la tarea de forjar espíritus obedientes, antes que conciencias críticas y libres.

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